Aproximaciones sobre Alfredo JaarEn "Jaar: el lamento de las imágenes", Paola Rodríguez Sickert recorre la obra del artista chileno radicado en Nueva York, puntualizando sus grandes temas de interés y dándole voz a su protagonista.

Alfredo Jaar (1956, Chile) es uno de los artistas contemporáneos más importantes a nivel internacional. A través del uso de recursos que provienen de los mass media, la intervención del espacio público, la fotografía y el archivo, el corpus artístico de Jaar conjuga ética, estética y política. El documental estrenado en Argentina en el marco del BAFICI, Jaar: el lamento de las imágenes, escrito y dirigido por Paola Rodríguez Sickert, es una grata aproximación a sus obras, que recorre los principales puntos trabajados por este artista: los genocidios, la pobreza, la dictadura chilena, las injusticias del mundo y las contradicciones del sistema del arte.

“Soy un artista porque no entiendo el mundo.” Esa frase abre el film mientras vemos a Jaar, caminando por una colina al aire libre. Narrado en primera persona, en los siguientes momentos del documental nos embarcamos en un viaje donde accedemos a diferentes instalaciones y obras de corte conceptual y político,  marca registrada del artista, que fueron exhibidas en diferentes partes del mundo. De esta manera, exposiciones en Helsinki, Venecia, Buenos Aires, Torino, Santiago e imágenes de su propio estudio en New York, ciudad donde vive hace más de 30 años, son una excusa para adentrarnos en el entramado teórico de su arte,  acercarnos a su forma de trabajo y mostrarnos algunas de sus principales producciones, como es el caso de Gold in the Morning (1986) – ensayo fotográfico expuesto en la Bienal de Venecia y en el metro de Nueva York que documentaba la situación de niños y hombres que trabajaban en paupérrimas condiciones en Siera Pelada, mina de la amazonia brasilera- , o This Is Not America,  proyección digital presentada en las pantallas publicitarias de Times Square en 1987 y que volvieron a repetir en 2014.

Considerándose a sí mismo un arquitecto que hace arte, la película nos adentra en la oportunidad de comprender el nivel de extrema obsesión por el detalle en el momento de montaje de muestra -todo está milimétricamente dispuesto- como también la interrelación entre la obra de arte y el espacio público, otra característica de su obra. Los primeros planos a grandes archiveros dan cuenta de una inherencia del arte contemporáneo: el uso de archivo también es materia prima, caja de herramientas de los artistas actuales. Una de sus últimas obras, que denuncia el genocidio de Ruanda, está basada primeramente en material de archivo. A través de las tapas de la revista Times, y lo no mostrado en las mismas acerca de la matanza ruandesa, interpela a los medios de comunicación para pescarlos en falta, pero también nos pone en jaque a nosotros como espectadorxs para echarnos en cara la realidad de un mundo que no deja de ser hostil.

Jaar, el lamento de las imagenes

El film da cuenta entonces de sus principales líneas de trabajo: obras con temática sobre la dictadura chilena -ya sea desde su lugar de denuncia como el intento de suturar la herida que los procesos dictatoriales nos dejaron-, genocidios, las problemáticas migratorias, la injusticia imperante en el mundo a causa de un capitalismo desatado, el lugar del sistema artístico y la cultura en este contexto. Frente a tal caos colectivo, surge en la obra de Jaar y por ende en el film, una pregunta que interpela de forma subjetiva e individual “¿Es usted feliz?”, evocada en imágenes de archivo que recopilan obras pasadas del autor, como fue la intervención en las calles de Santiago en 1980 donde en las gráficas publicitarias se repetía dicha interrogación.

Sin embargo, ante tanto lamento de las imágenes -título del documental, elegido a partir de su obra homónima expuesta en documenta 11, y que acierta fehacientemente: las obras de Jaar duelen, y saben encontrar el punto justo entre poesía y política-, la propuesta del chileno es que el arte y la cultura son lugares propicios para la resistencia. Sobre este concepto, el espacio público deviene una vía de escape al sistema de legitimación propio del campo del arte encerrado en el circuito de galerías, museos y bienales.

En una propuesta intimista, pero que a su vez no deja de ser del todo distante, vamos tras los pasos de Jaar en estas exposiciones y, con un ritmo entre cadencioso y pesaroso, el documental nos deja acercarnos -hasta donde Jaar lo permite- a la obra de unos de los artistas contemporáneos más importantes a nivel internacional. Como el mismo Jaar propone hacia el final: “Nadie puede hablar en nombre de otra persona”. El documental decide dar al artista la palabra. Gran acierto: la cámara da lugar a que el artista hable y se sostenga desde su obra. Y en el caso de Jaar, da placer escucharlo porque se solventa desde el propio discurso, lo que indefectiblemente hace que su obra se corresponda con coherencia a su disposición teórica.

 

 

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