Cicatrices inextinguiblesEn "Napalm", Claude Lanzmann viaja a las profundidades de su memoria para dar una mirada subjetiva sobre el conflicto bélico entre las Coreas.

“¿Cómo podemos mostrarles el napalm en acción? ¿Y cómo podemos mostrarles el daño del napalm? Si les mostramos fotos del daño causado por el napalm, cerrarán los ojos. Primero, cerrarán los ojos a las fotos; luego a la memoria; luego a los hechos; luego a las relaciones que hay entre ellos”. Así comienza Fuego inextinguible, uno de los primeros trabajos de Harun Farocki. Años después, Chris Marker en Le fond de l’air est rouge también comenzaría su film con un discurso crítico sobre el uso de esta arma. Ahora, en 2017, el significante es retomado por Claude Lanzmann, director de la emblemática Shoah, para darle título a su nuevo documental.

Sin embargo, y como aquellos, no es otro film sobre los usos de ese combustible en las guerras. En Napalm, Lanzmann viaja a Corea del Norte y, si bien ofrece datos históricos al comienzo del film, tampoco pretende ser un documental clásico, con fines didácticos y pretensiones objetivas sobre el conflicto con Corea del Sur. Entonces, ¿cómo podría definirse este documental?

Estructuralmente, el relato consta de dos grandes partes. En la primera mitad del film, se puede observar el viaje del realizador por Corea del Norte en 2015 cuando visita un monumento histórico de dos líderes norcoreanos, Kim Il Song y Kim Jong Il. Aquí, según explica la voz en off de Lanzmann, las novias de oficiales de alto rango pueden casarse y llevar flores a este sitito en una ceremonia que pareciera ser un gran honor tradicional. Luego, el director visita un museo de guerra donde la guía norcoreana constantemente apela contra “el agresor Estados Unidos”. Unas clases de taekwondo, el rodaje de una película de acción y su montaje completan esta primera mitad del documental que funciona como un tour por el país.

Así, promediando el film, podemos preguntarnos: ¿es otro documental sobre un hombre occidental viajando a Corea del Norte? No. La segunda parte dista en la forma y en el contenido de la primera. Lanzmann gana protagonismo. Ahora lo que importa es su historia personal relacionada con aquel país. El director se pone delante de cámara y da su testimonio abriendo el cajón de sus recuerdos. Vemos cómo cierra los ojos fuertemente para describir al detalle situaciones ocurridas hace más de cincuenta años, en un viaje que hizo a esas mismas tierras en el año 1958 cuando, junto a una delegación francesa, había arribado a Pyongyang. A su vez, el director explicita su posicionamiento político advirtiendo que siempre tuvo simpatías por los partidos comunistas y que por eso había aceptado la invitación.

Napalm Claude Lanzmann

En aquel viaje, y luego de varios días, el joven Lanzmann comenzó a sentirse mal. Advirtió la necesidad de que le inyecten unas vitaminas que le había recetado su médico y, sin ningún problema, los anfitriones acordaron la visita de una enfermera a su habitación. Con buenas dosis de humor en su relato, el director comienza a describir el enamoramiento que sintió al ver esa enfermera. Con el correr de los días y las inyecciones, la relación crecería al punto de acordar una cita en un puente a pocos metros del hotel donde se alojaba. Pero la opresión cultural y política no permitía que pudieran ni siquiera caminar sin recibir la mirada del resto de los habitantes. Entonces, al no poder caminar, el enamorado le propone andar en bote por los ríos de Pyongyang. De esta manera, el detallado relato del francés irá ganando espacios acompañado por una propuesta visual nutrida de pocos recursos: sólo un primer plano de él en una habitación y algunos otros planos en el puente de Pyongyang donde se encontró con la enfermera.

La anécdota parece ir hacia ninguna parte. O al menos, sólo presenta la virtud de dar retazos de un pasado inaprensible a no ser por el relato oral de sus sobrevivientes –y ya por eso es más que valorable-. No obstante, el viaje en bote dará sentido a por qué el director francés, luego de cincuenta años, recuerda con tanto detalle aquel día. El intercambio que tiene con su enfermera, aún sin que pudieran hablar el mismo idioma, resulta impactante y el título de la película cobra sentido.

Lanzmann parece retomar las reflexiones de Farocki sobre cómo mostrar las consecuencias del napalm sin herir al espectador para que no voltee su rostro y, así, niegue la historia. Con una anécdota narrada en primera persona y atravesada por el amor, el director nos sitúa en tiempo y espacio para que imaginemos esas duras e imborrables consecuencias.

Comentarios

comentarios