Devenir nómade o el conflicto irresolubleEn "Mujer Nómade", Martín Farina junto a Esther Díaz proponen un documental que logra un retrato complejo de la pensadora argentina.

Una voz en off narra un intento de suicidio en primera persona. Hospitales, ascensores, escaleras, puertas, son las imágenes que acompañan este relato. No sabemos quién narra. La cámara lentamente se acerca a una figura de espaldas, que cuenta que, luego de su internación debido a su intento de suicidio, recibe la noticia que había esperado toda su vida: “Me recibí de doctora en filosofía”. En frente nuestro, aparece la mirada desafiante de Esther Díaz. A lo lejos y simultáneamente, acompañado por el sonido de pasos que se acentúan, vemos en una habitación por detrás a ese primer plano, a otra Esther Diaz frente a un espejo. Es decir, estamos ante tres figuras distintas, pero unívocas entre sí. De esta forma, se da inicio a Mujer Nómade, película dirigida por Martín Farina que tiene como protagonista a la epistomóloga argentina.

La pregunta disparadora de la trama es cómo puede atravesar la filosofía un cuerpo. Pretencioso interrogante que, de forma audiovisual y cinematográfica, el ¿documental? pretende atravesar. El plus aquí es que el cuerpo en cuestión es el de la propia Esther Díaz, que se desnuda, metafóricamente hablando, para poder entender el devenir de esa mujer nómade que incursiona también en el cine y el teatro.

A grandes rasgos, se puede interpretar que la noción cartesiana de sujeto racional, donde prima individuo y razón, se deshizo -desde Nietzsche en adelante- a partir de nuevas teorías que se centran en lo sensible. Son aquellas posturas que critican a la noción de sujeto moderno que pondera la razón, pero deja de lado la noción de cuerpo. Mujer Nómade interroga y cuestiona por esos lares del pensamiento, poniendo el foco en un cuerpo que está atravesado por fugas contradictorias que lo interpelan. A su vez, el falogocentrismo se ve desplazado para dar protagonismo en la película al cuerpo de una mujer. Una mujer mayor, que desea, goza y erotiza. Y vive intensamente.

De las aristas posibles que el documental atraviesa, la complejidad del relato es una. Cuerpo, deseo, conflicto, pasado, presente y contradicción se vuelven una heterogénea mezcla de imágenes, sonido y relato en primera persona que logran la identificación con la protagonista. Fragmentos de su vida y de los distintos roles que la habitan -docente, intelectual, escritora, madre, amante, hija, mujer- son filmados de forma tal que devuelven un todo superpuesto que fomenta la complejidad del relato mismo. Todos estos roles son expuestos desde el ámbito de lo privado. Escenas en su casa, en la intimidad del hogar, de sus reflexiones en torno a su vida, cuestionamientos y crisis personales son los ejes que maneja la película para construir la trama. En esa construcción -que no es unívoca, ni homogénea, ya que el relato plantea la cuestión del devenir en constante movimiento- también se exponen los principales lineamientos de sus postulados teóricos y de una mujer que supo hacer frente a los mandatos patriarcales, pero que también pagó un costo por ello. “Hemos ganado en libertad, pero también hemos ganado en soledad y en distanciamiento con el otro”, apunta Díaz en una conferencia que realiza en la ciudad de Goya, y quizás uno de los pocos momentos del film que elige filmar a la protagonista en su faceta más conocida.

Mujer nomade 2

El post-porno, lo erótico, las construcciones de pareja y el lugar que ocupa la mujer en estos aspectos también se ven complejizados tanto en la narración como en la elección de lo filmado. Otro punto son los primeros planos y planos fijos a ascensores, poleas, puertas que devienen hecho estético. La propia Esther en su clase de Pilates mantiene un diálogo con su instructor donde aplica y explica teoría deleziana: “¿Ves esa roldana? Eso es una percepción, pero si se la enfoca con una cámara cinematográfica, por ejemplo, y está bien lograda, con una buena toma, es un hecho estético digamos, entonces se convierte en un percepto. Es un tecnicismo de Deleuze; hace la diferencia entre lo que percibimos en la vida cotidiana y lo que es capaz de percibir el arte”. Los interiores de los hospitales devienen maquinarias como dispositivos de control que intervienen en su propio cuerpo. La música y la banda de sonido acompañan la decisión de construir un relato fragmentado que complejiza y acompaña la trama.

Responder la pregunta acerca de cómo puede atravesar la filosofía un cuerpo, plasmado en un recorte audiovisual de una hora y media, es una tarea poco sencilla. El problema de la representación en el arte conlleva muchos ribetes y uno de ellos son sus límites. Otros cuestionamientos e interrogantes que acontecen pertenecen al terreno de la difusa distinción entre el ámbito de la ficción y el documental. Uno de los pasajes más deliciosos es aquel en que la cámara filma a Esther repasando una escena de la obra de teatro que está ensayando donde interpreta un personaje femenino que está en sus antípodas. Turbante y delantal de ama de casa son el vestuario para interpretarlo. Ensaya la puesta, entreverando el relato donde despotrica contra su profesor de teatro y, enojada, pide que la escena corte, con una cuota de humor que imprime y descomprime la densidad de la película. ¿Estamos observando a la Esther actriz? ¿Dónde está la puesta en escena aquí?

Preguntas y contradicciones del medio audiovisual y del género que permiten estas tensiones: la pretendida objetividad del documental hace tiempo que está en discusión. ¿Esas contradicciones tienen resolución? La discursividad de Esther, que nos narra su historia de vida, y la elección formal de representación que el documental elige para atravesar la pregunta inicial logran un retrato complejo. Posiblemente sean interrogantes que no buscan resolución en la circularidad del film. Y, si luego de verlo, tenemos más preguntas que respuestas es parte de la propuesta. Al fin y al cabo, como apunta el intertítulo al inicio, los finales felices son de Hollywood. En la vida real, el conflicto se vuelve irresoluble.

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