Crítica

Durante la tormentaEn "La vida en común", Ezequiel Yanco construye una poética narración tomando como protagonista a Uriel, un niño del Pueblo Nación Ranquel.

Una película, entre muchas otras cosas, puede ser una invitación a viajar. Entrando a una sala de cine, el inmóvil espectador se desplaza en el espacio y en el tiempo a través de las imágenes y sonidos que de la pantalla emanan. Un viaje por el espacio implica movernos hacia otra geografía, recorrer junto a los protagonistas espacios que no conocemos ni imaginamos pero que para ellos son de lo más habitual. Y un viaje por el tiempo puede surgir a partir de algo que nos evoque un momento diferente al presente. En este sentido, La vida en común es, entre muchas otras cosas, un viaje que transitaremos con Uriel, su protagonista.

Él, recostado en la parte de atrás de una camioneta, también se moviliza y nos guiará en este relato. Su voz nos transportará entre lo onírico y lo real, entre sus sueños y las relaciones que entabla en su comunidad, el Pueblo Nación Ranquel. Ezequiel Yanco, el director, encuadra su semblante serio, pensante, reflexivo. La pausada voz que le imprime Uriel a la narración acompaña esa imagen.

En principio, convendría hacer algunas descripciones del espacio. El gobierno de San Luis restituyó tierras a pueblos originarios y, en una de ellas, se estableció el Pueblo Nación Ranquel, una pequeña comunidad de no más de 100 personas. Las construcciones de las casas llaman su atención por imitar las tolderías de aquellos pobladores. Allí, el Estado provincial también estableció una escuela donde, como deja observar la cámara de Yanco, se enseñan tres lenguas: español, inglés y ranquel. No obstante, un elemento dentro del establecimiento nos hace viajar en el tiempo para señalar una contradicción. En una de sus paredes, se exhibe una reproducción de La vuelta del malón, una pintura del siglo XIX realizada por Ángel Della Valle. El director la recorre encuadrando los principales detalles de ese conjunto compuesto por unos indios violentos que exhiben sus lanzas mientras cabalgan en un pantanoso campo, bajo un cielo tormentoso, y mientras uno de ellos lleva una cautiva blanca casi desmayada. La obra, que ha servido como legitimación para la ideología roquista, hoy cuelga en el establecimiento de una escuela pública, de un Estado provincial que ha restituido tierras y donde se enseña la lengua originaria.

Pero volvamos a Uriel, nuestro narrador. La cámara de Yanco elige, por momentos, retratarlo en planos medios donde podemos observar la expresividad de su rostro sin perder de vista el espacio que habita. Uriel, entonces, se moverá dentro de esta comunidad, entre el campo y sus caminos de tierra, los corrales de ovejas, la escuela y las tolderías que, con sus techos en diagonal y sus barrotes, parecen perfectamente diseñados para que los niños se trepen y jueguen. Una casa abandonada completa este sistema de locaciones: ¿qué mejor para hacer volar la imaginación?

Estos espacios no están vacíos en el film. Yanco decide habitarlos casi exclusivamente con los niños y adolescentes de la comunidad. Y, al ser un pueblo escasamente poblado, nuestro protagonista tendrá amigos y compañeros de diferentes edades aunque compartan el mismo curso escolar. Los adultos, a excepción de alguna maestra —y esto no parece casual que así sea—, quedarán excluidos del relato y del encuadre.

Así, la película, tomando como eje a Uriel, presentará diferentes grupos de amigos. Estarán “los grandes” que pescan, fuman y hablan de ir a fiestas de 15. Pero que, fundamentalmente, quieren cazar. Y no cualquier animal sino un puma, animal que será centro de muchas reflexiones y sueños de nuestro narrador. Por otra parte, “los chicos” juegan a la pelota o con muñecos y tienen diálogos más inocentes. En un punto medio están Uriel e Isaías. El segundo, admirado por el primero, comienza a abandonar el grupo de los chicos, y por lo tanto a Uriel, para entrar en el de los grandes: Isaías quiere dejar de cazar pajaritos para ir tras las huellas del animal más temido y, así, impresionar a la chica que le gusta. Todo esto, claro, según los textos que lee Uriel con su calmada voz en off.

Sin embargo, estos dos grupos tan aparentemente alejados, tienen algo en común, un deseo por lo prohibido: mientras los más grandes saltan una reja para ir a pescar y a fumar, los más chicos juegan en una casa abandonada. Ambos ingresan a espacios que, en principio, no estarían habilitados para ellos. Y ambos lo hacen con el mismo fin: divertirse con sus pares. Pero, ¿a quiénes reconocemos como nuestros pares? Los amigos, ¿se eligen? ¿Cómo ingresar a otro grupo de pertenencia? Habiendo algunas diferencias etarias, estas fluctuaciones parecen propias de sus dinámicas. Uriel, por caso, muestra cierta insatisfacción al notar que la relación con Isaías se enfría, intuyendo que hay una distancia que lo separa de los deseos y prácticas del grupo de «los grandes». Uriel quiere otra cosa y así lo hace notar cuando decide, en medio de una tormenta —porque aún no se han disipado—, apartarse de los otros.

Más allá de las relaciones concretas, están las reflexiones e imaginación de un niño, motivadas por su entorno. La poética de Yanco se completa, aquí, en dos movimientos: los textos leídos por Uriel y las imágenes y sonidos que lo acompañan. Al inicio del film, solo escuchamos una respiración agitada. Luego, unos pasos. Una cámara en mano nos devuelve una imagen oscura. Es casi imposible divisar algo. De repente, la voz clara y misteriosa de Uriel, dice: “Un puma no mata para comer. Mata porque puede. O a veces sí. Otras veces mata para matar. Porque está asustado. O porque es así”. Mientras tanto, escuchamos el sufrimiento de un animal, un hombre que le pregunta a otro si ya lo mató y alcanzamos a ver un cuchillo ensangrentado. La voz en off de Uriel irá proponiendo reflexiones sobre estas prácticas a lo largo de la película poniéndose, en ocasiones, en el lugar del puma. O equiparando al puma con el humano porque, en definitiva, cabe preguntarse: ¿Por qué mata el humano? ¿Obtendremos las mismas respuestas que las que nuestro narrador le adjudicaba a aquel animal en el inicio del relato?

La formación de historiador de Yanco se hace notar en los textos de su autoría leídos por Uriel. Toda una cosmovisión se desprende de ese relato donde los animales y la naturaleza juegan un papel central, como el puma lo tiene para esta cultura. De esta manera, La vida en común —cuyo título remite a un libro del lingüista y filósofo Tzvetan Todorov— puede ser entendido como un documental que nos aproxima a la comunidad ranquel a partir de una profunda y respetuosa investigación que no se limita a observar a los otros desde una mirada distante, sino que intenta interpretar su densidad y, así, construir un relato con sus propios sujetos. Pero también puede ser vista como una ficción donde un niño piensa sobre las prácticas de su comunidad en medio de un conflicto con sus amistades. Como sea que se la interprete, La vida en común termina siendo un gratificante viaje.

 

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