El cine de lo real en 2017Las turbulencias en lo social y político tienen su correlato en el campo cinematográfico. En este espacio, proponemos un repaso sobre el último año para el cine nacional.

El fin de año llega en un contexto convulsionado con manifestaciones, cacerolazos, recortes disfrazados de reformas e imágenes cargadas de violencia. El campo cinematográfico, como no se da en el vacío, no estuvo exento de este clima. Así, procuramos dedicar un pequeño espacio a modo de memoria sobre el último año del cine nacional, tanto en las medidas políticas que lo afectaron como una pequeña selección de destacadas películas.

En un nivel cinematográfico, la gran cantidad de estrenos permitió una variada oferta de miradas. El cine de lo real presentó películas que permitieron abordar reflexivamente algún aspecto del mundo histórico, el dispositivo en el que discurre y un juego en los límites con la ficción, interpelándonos sobre el significado del propio género documental.

El desarrollo en la producción del cine independiente, sin embargo, continúa encontrando su espacio en pocas pantallas. En la Ciudad de Buenos Aires se reabrieron la sala Leopoldo Lugones y el cine Cosmos pero cerró el Artecinema quedando el Gaumont como única sala del INCAA. Además de estas pocas salas, el cine documental mantiene el contacto con su público en festivales y museos. La cuota de pantalla, que podría garantizar la diversidad en las salas, sigue siendo una deuda del Instituto. Y, en el último mes, esta diversidad se vio atacada por el cierre de Filmoteca en Vivo, el ciclo de películas en fílmico de Fernando Martín Peña en la sala de la ENERC.

En lo institucional, durante todo 2017, el campo cinematográfico ha atravesado diferentes reveses. En abril, el Ministerio de Cultura y la Oficina Anticorrupción llevó adelante una operación -con algunos pseudo periodistas encargados de preparar el terreno en la opinión pública- que concluyó con la destitución del Presidente del INCAA, Alejandro Cacetta, y del rector de la ENERC, Pablo Rovito. Hacia septiembre, las nuevas autoridades al frente del Instituto lanzaban la ya modificada resolución 942 que desde su lenguaje con términos financieros más que culturales generaba el rechazo de toda la comunidad cinematográfica con marchas y asambleas. Por último, el fin de año llega con dos anuncios: el INCAA determinó la suspensión del otorgamiento de créditos para 2018 paralizando, aún más, la producción que ya este año aprobaba proyectos sin ejecutarlos; por otro lado, una resolución del Ministerio de Modernización establece una prórroga de 180 días para la publicación del anteproyecto de ley que reemplazará la vigente norma (26.522) que regula los servicios de comunicación audiovisual. Esta ley, cabe recordar, resulta fundamental para el Fondo de Fomento del INCAA puesto que un 25% de lo recaudado por impuestos a empresas de televisión, radio y cableoperadoras se destina a la producción de cine nacional.

En este contexto, resulta al menos raro hacer una selección de películas. Pero es necesario para dar cuenta de lo imprescindible de este cine al que algunos sólo juzgan a través de una planilla de recaudación. De esta manera, incluimos películas estrenadas en el año -excluyendo aquellas presentadas únicamente en festivales-, destacando los rasgos que las hacen valiosas para quienes hacemos Registro Documental.

La familia chechena, de Martín Solá.
El film de Solá privilegia más el componente sensorial que el racional, alejándose de una concepción del documental como manera de entender cabalmente una realidad. La cámara de Solá ingresa a las Zikr, danza que a modo de ritual hacen los musulmanes sufís chechenos, y las observa con secuencias de larga duración compuestas por planos cortos. De esta forma, La familia chechena logra transmitir más un clima que una explicación sobre lo que estas danzas son. Además, deja entrever las relaciones entre el protagonista Abubakar y su familia compuesta casi enteramente por mujeres dando cuenta, poéticamente, de lo permitido y lo vedado en la cultura chechena.

Cuatreros, de Albertina Carri.
Hasta cinco pantallas a la vez utiliza Albertina Carri en su vertiginosa película de múltiples historias y discursos. Su voz en off narra la historia de Isidoro Velazquez, un gauchillo que en Chaco se convirtió en leyenda: delincuente para unos, líder revolucionario para otros. Carri no se detiene allí y desborda la pantalla de imágenes -destacándose las de noticieros- con la historia de su padre y la suya propia, todo vinculado con la política y el cine. Ensayo, película experimental, o como ella misma la definió “hago un western con mi propia vida”.

Raídos, de Diego Marcone.
La apertura de sesiones ordinarias del Congreso en 2017 tuvo en los medios una nota inesperada. En el final del acto, la diputada Cristina Brítez del Frente para la Victoria le entregó al presidente Mauricio Macri un paquete de yerba. Hubo un “yerbatazo” en Plaza de Mayo y un posterior aumento del precio del kilo de hoja de yerba. El director Diego Marcone anticipó este conflicto con su ópera prima basada en los habitantes del pueblo misionero Monetecarlo. El registro observacional de Marcone profundiza el detrás de escena del paquete de yerba a través de las duras jornadas de trabajo de los jóvenes yerbateros. Solo porque ya no trabajan cuando llueve no se puede decir que igual que hace cincuenta años.

Raidos

Mi último fracaso, de Cecilia Kang.
La ópera prima de Kang aborda la comunidad coreana en Argentina a través de un relato observacional que podría dividirse en tres niveles, cada uno con protagonistas que irán acercándose cada vez más ella: su profesora de arte, sus amigas y su hermana. De esta manera, Mi último fracaso presenta retazos de una convivencia cultural, las contradicciones inevitables de una cultura que se inserta en otra y las distancias generacionales entre padres e hijos. Además, el film no sólo permite reflexionar sobre cómo las protagonistas perciben la cultura de su colectividad sino también acercarnos a la vida de Cecilia.

Carne Propia, de Alberto Romero.
Alberto Romero eligió un particular punto de vista para narrar la historia de la industria cárnica argentina: un toro que habla con la voz del actor Arnaldo André. No es cualquier toro, es uno aristócrata que va hacia el matadero. La crónica de la muerte anunciada del ejemplar Aberdeen Angus va desde la explotación del negocio a manos de capitales británicos hasta la impredecible economía del siglo XXI. El discurso poético y clasista del toro, las imágenes de archivo y el humor son trasversales al relato que presenta distintos mojones históricos tales como las ciudades de Liebig, Berisso y el surgimiento del movimiento peronista.

Solar, de Manuel Abramovich.
Abramovich presenta un film donde las figuras del protagonista y las del director parecen intercambiables. En primera instancia, podría decirse que el protagonista es Flavio Cabobianco -que a sus diez años se paseaba por canales de TV presentando un libro de su autoría, Vengo del sol-. Pero luego, el dispositivo cinematográfico se torna evidente y el otrora protagonista se pondrá detrás de cámara para dirigir al propio Abramovich. De esta manera, el film intenta debatir el concepto de autor, ya sea de un libro o una película, y así vislumbrar las relaciones sociales -más que aisladas e individuales- que interceden en el proceso creativo.

Ejercicios de memoria, de Paz Encina.
La directora centró su atención en Agustín Goiburú, uno de los principales opositores de la dictadura de Stroessner en Paraguay, secuestrado en el marco del Plan Cóndor en 1977 y que continúa desaparecido. Encina condensa en 70 minutos esta historia, estructurando el relato con entrevistas a los hijos de Goiburú de las que sólo usa la pista de audio mientras apela a una puesta visual con ficcionalizaciones poéticas, alejándose de una construcción lineal con fines didácticos o historicistas. A su vez, emplea los Archivos del terror para da cuenta del sistema de vigilancia de las dictaduras latinoamericanas.

Escuela trashumante, de Alejandro Vagnenkos.
Vagnenkos se detiene a observar el ciclo lectivo de un colegio rural que, literalmente, se mueve al ritmo de la naturaleza. La comunidad mapuche Millain Currical vive una parte del año en Huncal y la otra en Cajón Chico dado que las ovejas y chivas migran de un territorio a otro en busca de pasturas. Así, la escuela, para que los chicos egresen, también debió desdoblarse y construir dos edificios. Con Escuela trashumante, el director logra registrar los vaivenes de esta particular escuela en el presente, los ciclos de la naturaleza y las intensas reuniones de la comunidad con los docentes.

Moacir III, de Tomás Lipgot.
A diferencia de las anteriores películas que tenían como protagonista a Moacir, en esta ocasión Lipgot aparece frente a cámara para co-guionar junto al artista brasilero un film que lo tendrá como protagonista. La evidente mezcla entre ficción y documental se presenta con escenas donde la técnica cinematográfica queda al descubierto: una textura más amateur será la escogida para las escenas de “making of” y una más profesional para las escenas ficcionalizadas. Así, con el correr de las escenas, el vínculo entre Moacir y Lipgot irá creciendo hasta traspasar la pantalla.

El mago de los vagos, de Pedro Otero.
Uno de los fundadores del rock nacional, Pajarito Zaguri, era el vecino de abajo del director Pedro Otero. Con esa pequeña revelación, el director comienza a gestar la idea de un documental que constantemente muestra sus independientes modos de producción, en sintonía con las formas de Zaguri, un tanto alejado de las luces de los grandes escenarios. Los límites entre la ficción y el documental, el humor y los giros en el guión se conjugan armoniosamente durante los 80 minutos del film.

El mago de los vagos

Dhaulagiri, ascenso a la montaña blanca, de Guillermo Glass y Cristián Harbaruk.
Cuatro amigos argentinos planearon filmar el ascenso a uno de los picos montañosos más altos del mundo en el cordón montañoso del Everest. La aventura deportiva sufrió un cambio rotundo con la pérdida de uno de ellos en la montaña blanca. Pasaron varios años hasta que el director y miembro de la expedición pudo reescribir el guión y realizar el montaje. El resultado, un documental sobre las situaciones dramáticas que reviven la proeza de los alpinistas con las imágenes magníficas de un lugar al que muy pocos pueden acceder.

Messenger on a white horse, de Jayson McNamara.
Dos periodistas extranjeros, uno que trabajó en la Argentina de los años 70, y otro que en la actualidad conoció la historia del primero y no pudo creer que no existiera un filme acerca de su historia. El director Jayson McNamara recurre, entre varios testimonios, a las Madres de Plaza de Mayo, a los ex trabajadores del diario Buenos Aires Herald y al protagonista de esta historia, el periodista Robert “Bob” Cox. Es injusto decir que se trata de una biografía con anclaje en la época de la dictadura. La película, a través de lo vivido por  Cox, narra un capítulo de la historia del periodismo argentino.

Vuelo nocturno, de Nicolás Herzog.
El director indaga respecto a un mito que estructura, en parte, al pueblo entrerriano de Concordia: el escritor Antoine de Saint-Exupéry se habría inspirado en un viaje a esas tierras para crear su obra más conocida, El principito. Con ficcionalizaciones en súper 8, materiales de archivo y entrevistas, el director desparrama las distintas aristas del mito sin la intención de confirmar ni derribar la historia.

Las lindas, de Melisa Liebenthal.
La realizadora nos presenta a sus amigas y, con gran sentido del humor, pone en escena los discursos que giran en torno a lo bello. El relato, estructurado en primera persona, cuenta con una puesta de imagen como si se tratara todo de un film casero. De esta manera, las entrevistas a cámara distan de un estilo estructurado para cederle espacio a lo informal y, así, dar cuenta de la cercana relación que une a la directora con sus retratadas. A su vez, la voz en off de Liebenthal aporta reflexiones sobre el estándar de belleza establecido socialmente.

El puto inolvidable, de Lucas Santa Ana.
En la estación Carlos Jáuregui de la línea H, los escalones están pintados con los colores de la bandera de diversidad sexual y de género. Ese homenaje a Jáuregui no está en el documental porque fue posterior a la finalización de la película. Lo que queda claro es que el legado del luchador incansable, del tipo que se unió con otros para “sacar del closet” a la comunidad homosexual argentina, se expande con el paso del tiempo. En esa expansión,el director Lucas Santa Ana rearma y recorre la vida del militante Carlos Jáuregui a través de uno de sus compañeros de lucha, el periodista y escritor Gustavo Pecoraro, quién interactúa con amigos y activistas que estuvieron junto a Carlos hasta el último de sus suspiros. Una biografía atractiva visualmente y necesaria, en especial en tiempos en que una pareja de mujeres es detenida por besarse en una estación de tren y un chico es golpeado porque le atraen los hombres.

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