El malestar en la culturaUna primera mirada sobre "El hijo del cazador", película de Federico Robles y Germán Scelso que participa de la Competencia Argentina del 33° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata.

La sala está incendiada. De la pantalla, emana un calor que hace que los espectadores salten de sus butacas, abandonen sus roles “pasivos” y lancen furiosos dardos contra los dichos del protagonista, primero, y contra los directores, después. “¡Esto es avalar la teoría de los dos demonios!”, se llega a escuchar. Pero mejor, rebobinemos y empecemos por el principio.

Un archivo televisivo nos devuelve la imagen de un noticiero local. El presentador introduce a su invitado, Luis Alberto Quijano (hijo), quien en 2015 declaró contra su padre, un torturador imputado en la megacausa La Perla, por delitos de lesa humanidad cometidos durante la última dictadura cívico-militar. El periodista lee detalladamente la cantidad de crímenes que cometió Quijano. No quedan dudas, hasta un periodista televisivo lo dice sin tapujos: su padre es un genocida. Así abre El hijo del cazador de Germán Scelso y Federico Robles.

Ese archivo al inicio, junto a otros registros caseros (como fotografías o películas familiares), son apenas uno de los recursos de la película. El principal, sin embargo, es una entrevista directa en un plano cerrado sobre un fondo negro donde el protagonista mira directamente a la cámara. Sus ojos en la cámara son también los ojos en los espectadores. Se genera una suerte de interpelación directa a nosotros, un efecto en el que pareciera saltearse el diálogo entre protagonista y directores para ir de lleno al público. De esta manera, Luis irá contando su historia: cómo a los 15 años hacía tareas de inteligencia junto a su padre gendarme; que destruía documentos de la subversiónrequisados en operativos; que paseaba enfierrado; que los otros pibes de su edad le parecían nenes, etcétera. Toda una serie de vejámenes que sufría de parte de una familia que, según él, no le dio amor sino más bien todo lo contrario. Su padre, un nazi, y su madre, una cínica que decía desconocer lo que hacía su esposo. En su relato, también desliza que el silencio cómplice de muchos civiles fue lo que hizo posible el terrorismo de Estado.

También revela un dato no menor: su padre robaba montones de dinero y otros bienes (desde electrodomésticos hasta joyas) a los secuestrados. Así, mientras lo vemos pasear por el frente de su casa de la infancia, advierte que fue construida con dinero sucio, robado. En la misma escena, nos enteramos que fue desheredado cuando murió su padre, producto de su declaración en la megacausa según comenta. “No te pido que me den seis departamentos como a mi hermana, pero al menos uno”, se queja. ¿Cómo? Se enciende una alarma pero la película sigue y, quizás, nos olvidemos de ello.

Quijano hijo intenta redimir los crímenes de su padre exponiendo su historia y devolviendo los objetos robados al espacio para la memoria ubicado en el ex centro clandestino de detención de La Perla. La cámara lo acompaña a ese sitio cuando lleva un maltrecho reloj de péndulo. En el patio, el protagonista nos señala una puerta desde la cual, cuando era adolescente, recuerda que emanaba un olor “como a gente sufriendo” y que alcanzó a ver una cama de metal. “Desde hace unos años está cerrada, están buscando pruebas de ADN”, dice.

El hijo del cazador 3

En su casa, Luis continúa evocando su adolescencia. Un viejo cassette lo transporta a ese tiempo. Mientras intenta ponerlo en una grabadora, nos dice que su padre le daba cintas con audios de las torturas. Sin embargo, lo que llegamos a escuchar es una marcha nazi. “Esto es lo que se escuchaba en casa”, dice, mientras en su rostro se dibuja una mueca como de nostalgia. ¿Con qué sentidos rememora su pasado?

Así, lentamente, el film va devolviendo las contradicciones del personaje que la televisión borraba al mostrarlo como un simple arrepentido. El montaje, verdadero guión de este documental, estructura una narración que funciona dialécticamente -un esposo que es un compañero fiel y uno que prácticamente obliga a su pareja bielorrusa a que continúe en el país; un hombre que enternece rescatando gatitos de la calle y uno que pasea con actitud provocativa en una marcha de organizaciones de Derechos Humanos-. A su vez, esta narración alcanza su clímax al final cuando el protagonista da rienda suelta a su pensamiento. El montaje, en este discurso, pareciera exhibir las barbaridades de sus dichos como un discurrir sin filtro. Con estas decisiones, la posición política de los directores se distancia de las de su protagonista.

El discurso final generó la ira de algunos espectadores. Estas reacciones, quizás, se deban a un enojo por sentirse engañados. La película construye un protagonista que busca redención, el perdón de una sociedad por los crímenes que cometió su padre. En esa primera parte, si bien hay pequeños deslices que nos hacen ver la contracara de Quijano, el espectador puede empatizar con ese personaje. Sin embargo, con quien no puede identificarse el público es con un hombre que encarna todos los sentidos comunes de la derecha actual. Pero también el enojo puede deberse a que el protagonista exhibe un pensamiento que no queremos que gane mayor visibilidad de la que ya tiene. Por eso, el documental, que es una interpelación directa al espectador, parece preguntarnos: ¿Qué hacer con un personaje así? ¿Taparlo y hacer como si no existiera? De elegir ponerlo en pantalla, ¿cómo? Una serie de cuestionamientos éticos serán insoslayables.

Conociendo la tradición de documentales de memoria en Argentina, Germán Scelso y Federico Robles dan un giro con El hijo del cazador. Los directores corren un límite al poner como protagonista al hijo de un genocida y, por sobre todo, a un hombre que piensa lo que piensa. Es todo un gesto que ese discurso llegue a las pantallas del cine independiente, donde el público -estimamos- ya porta ideas críticas respecto a los hechos de la última dictadura. Pero el gesto puede quedar sólo en eso. La provocación, ¿alcanza para incentivar otras reflexiones? El film presenta un desafío a los espectadores, a quienes no subestima: ya no sólo estamos en presencia de un documental que no pretende meramente dar información sino que reclama despegar el pensamiento del protagonista del de los directores, comprender los recursos cinematográficos que usaron para crear la película y qué finalidades perseguían al hacerla. Si al finalizar, logramos hacernos algunas preguntas, la provocación finalmente habrá resultado un camino propicio. Sin embargo, cierto malestar que generan estas contradicciones estarán ahí, atormentándonos.

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