El monte tiemblaEl primer largometraje de Martín Céspedes, "Toda esta sangre en el monte", observa las dinámicas del MOCASE, la organización campesina del monte santiagueño, a partir del juicio por el asesinato de Cristian Ferreyra.

“No queremos seguir marginados en las ciudades, queremos producir el alimento de nuestros pueblos”. La dignidad de los nadie. Aunque no exactamente. La oratoria de ese discurso no es de una ‘nadie’ sino de Deolinda Carrizo, referente de la organización MOCASE (Movimiento Campesino de Santiago del Estero). Sus palabras resuenan fuerte en el galpón donde la cámara de Martín Céspedes la observa para la realización de Toda esta sangre en el monte. En su primer largometraje, Céspedes explora la dinámica de una desigual relación de poder entre los campesinos del monte santiagueño, agrupados en el MOCASE, y los terratenientes que intentan avanzar sobre las fronteras de aquellos para expandir su tierra cultivable.  

Una serie de intertítulos nos describen el conflicto histórico en el cual se inserta la película: en el año 2011, Cristian Ferreyra, un joven campesino del MOCASE, es asesinado por defender sus tierras. “El asesino fue Javier Juárez, vecino de la comunidad, contratado por el empresario Jorge Ciccioli para defender sus alambrados”, completa el enunciado. Así, la posición de los realizadores es clara desde el comienzo respecto al hecho narrado. Por lo tanto, en sintonía con su posición política, la película tendrá como protagonistas a diferentes miembros de la organización durante el proceso del juicio. Esta decisión otorga un poco de balance a una relación de poder donde los campesinos están continuamente en desventaja: sea respecto al poder político, económico, judicial o mediático, la comunidad del MOCASE debe resistir los embates de sus opresores.

El director ofrece una mirada sobre el MOCASE a partir del seguimiento del juicio que, en términos narrativos, permite una estructura clásica con un principio (la presentación del caso), un desarrollo (los testimonios) y un final (la sentencia). En su fase preliminar, el film logra acceder al modo en que la organización prepara a sus testigos para que se aclimaten al recinto judicial. Aquí, la cámara nos convierte en observadores de los esfuerzos del campesinado indígena para habituarse a las normas impuestas por un Estado moderno que, históricamente, tendió a negarlos. Por su parte, el registro del juicio, compuesto por planos cortos que se suceden mientras se escuchan los testimonios que reviven el día del crimen, generan una sensación de ahogo y un atmósfera tensa.

Sin embargo, Toda esta sangre en el monte no se limita a un mero recorrido por el proceso judicial. Céspedes también se detiene a observar la cotidianidad de la comunidad con sus métodos de pastoreo, cría de animales y obtención de agua potable. Una mirada no condescendiente ni con pretensiones didácticas pues, explicar la complejidad de esta organización en 70 minutos de película, sería una tarea titánica, imposible de lograr. “Algunos piensan que por venir una semana a hacer una investigación pueden conocer todo el MOCASE y ni nosotros mismos terminamos de entenderlo”, dice Margarita Aguamar Gómez, otra referente de la organización. De esta manera, el film exhibe sus límites al saber que no puede definir al MOCASE pero sí bosquejar ciertos rasgos.

Toda esta sangre en el monte

Como todo documental de observación, la relación entre realidad y representación puede volverse difusa. La cámara, al pasar desapercibida, genera la sensación de “reflejar la realidad” como si fuera posible registrar los hechos sin que sufran intervención alguna. A pesar de las críticas, esta modalidad de representación exhibe su mayor virtud, y en este documental en concreto puede darse cuenta de ello, al otorgarle voz a un otro, respetando su propio lenguaje y el espacio donde se desenvuelven. Cuando la cámara logra captar diálogos entre ellos -como en la caminata entre Margarita Aguamar y su compañero-, el espectador tiene la sensación de oír con mayor grado de verosimilitud a los retratados que en una entrevista directa y, además, permite reconocer la corporalidad del habla coloquial de estos actores sociales, con sus entonaciones y acentuaciones particulares. El film permite rescatar algunos de los discursos del campesinado desde su propia voz, como la defensa a la tierra y a la soberanía alimentaria, como así también las dudas y contradicciones que enfrentan. 

“Las abejas defienden el territorio y a sus crías, su descendencia”, dice un hombre mientras con su mano rasga la miel del interior de un tronco, casi sin importarle la mordedura de esos insectos -porque, nos explica, no pican-. La resistencia organizada de las abejas parecen actuar como una metáfora del accionar del MOCASE quienes se defienden del ataque de los terratenientes. Seguida a esta escena, un montaje de imágenes que tiemblan: un tronco, insectos, brasas y huesos, combinados con una música que inquieta, parecieran anunciar que la tensión en el monte crece. Ante ella, la organización y la movilización política parecen ser las respuestas de los campesinos.

 

 

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