El saber de la naturalezaCon "Escuela trashumante", Alejandro Vagnenkos se centra en una escuela pública que se adaptó a las necesidades de la comunidad mapuche Millain Currical. El film se estrenó en la 16° edición del Doc Buenos Aires.

“Fui resolviendo la contradicción entre el campo y la ciudad como pude. La mayoría de las veces el conflicto lo solucionaban las circunstancias sin que yo me diera cuenta”. Detrás de esas palabras está la pluma de Guillermo Saccomano en su libro Un maestro que se centra en la vida del maestro escolar Orlando “Nano” Balbo. El director Alejandro Vagnenkos leyó ese libro y se aventuró a conocer a la persona detrás del personaje: “Cuando terminé de leer el libro de Saccomano dije ‘tengo el guión listo de mi próxima película’”.

Sin embargo, en Escuela trashumante, Vagnenkos no retrata la vida de Balbo. Él fue el medio para conocer una escuela rural anclada en la comunidad mapuche Millain Currical que habita en Huncal, un paraje en la provincia de Neuquén. A esa escuela arribó Balbo junto a otros maestros –Alejandra Martínez y Pedro Vanrell- en 1984 y desarrollaron un proyecto que necesitaba resolver una contradicción entre comunidad y Estado.

El objetivo, a priori simple, realmente no lo era: querían que los alumnos terminen la escuela primaria. Es que las ovejas y chivas no saben de calendarios escolares y en diciembre se alejan de la zona de Huncal para llegar a otro territorio en busca de pasturas. Y, junto a esos animales, también migraba la comunidad. Por eso entre 009 CAJON CHICO1911 y 1983 la escuela no tuvo ni un egresado. Ante esta situación, los maestros ingeniaron un plan para desdoblar la escuela en dos edificios: de mayo a diciembre estarían en la sede de Huncal y de diciembre a abril en Cajón Chico.

Así, Vagnenkos se detiene para observar esta escuela que se adaptó a las necesidades de su comunidad. En pocos minutos, la película narra la particular historia de la escuela para luego adentrarse en su tiempo presente con los vaivenes que caracterizan cualquier ciclo lectivo. Un ciclo que, en definitiva, no es tal dado que la película se produjo en cinco años.

Con una cuidada fotografía e impecable sonido, Escuela trashumante explora los conflictos al interior de la comunidad mapuche, su modo de producción y su imbricación con la escuela pública. “Cuando llegamos, el director, Pedro, se estaba jubilando. Había un conflicto porque se estaba yendo la vieja generación que había llegado con Nano para darle lugar a una nueva que no conocía mucho del proyecto”, cuenta el director.

— Es una película que contiene la historia de la escuela pero no es cronológica. ¿Querías centrarte en el entramado de relaciones en la actualidad?
— Sí, no queríamos una película con entrevistas que cuenten lo que la escuela fue sino ir hacia el presente y ver qué pasa con ese proyecto hoy. De hecho, la despedida de Pedro es el inicio de la película pero después vamos al presente para ver qué pasa ahora con aquel proyecto fundado hace 30 años. Su jubilación era una tensión pero una de las particularidades de este colegio es que no le escapa a los conflictos sino que los pone arriba de la mesa. Además, es una escuela que se abre a la comunidad.

Esa apertura a la comunidad se ve en la película con las reuniones que tienen maestros y padres.
— Pedro me contó una anécdota muy interesante. Cuando él asume, aproximadamente en el año ’86, ve en sus primeros días que la gente no entraba a la escuela. Él los invitaba a pasar pero ellos se negaban. La escuela les había puesto un muro: “eso es la barbarie, eso no entra”. Pedro abre la escuela y la comunidad la va tomando como propia. Y eso estaba buenísimo para contarlo en la película porque, además, ellos tienen un estado asambleario permanente que nada tiene que ver con nuestros tiempos. La reunión de padres duran de cinco a seis horas. Uno con sus cosas porteñas lo hubiera querido resolver todo en cinco minutos pero es genial esa discusión y que se vuelvan sobre los mismos temas en el proceso. Eso también da cuenta de los tiempos de la naturaleza.

¿Pensaron trabajar algún personaje y estructurar el relato a partir de él?Escuela trashumante
— Sí, probamos. Igual, la película no tiene un personaje central sino que va cambiando. Encontrar la familia en la que nos centramos fue lo que más tiempo nos llevó. Tenía que ser una familia cuyos hijos e hijas estén en la escuela. Ahí sí estuvimos varios años probando, conversando con diferentes familias. Hasta que recién en el tercer año encontramos a la familia de Cocheca. Y creo que, si bien no es central, es un personaje que estructura toda la película. Además, entendió el lenguaje audiovisual desde el primer instante.

¿En qué sentido?
— Pensemos que es una comunidad sin televisión, no tienen contacto con registros audiovisuales. Y él entendió desde el primer momento todo. Por ejemplo, él nos transformó a nosotros en invisibles antes de que nosotros nos transformemos solos. Siempre les decimos a los que retratamos ‘bueno, nosotros no existimos’ o ‘trate de no mirarnos’. Y él entendió a los diez minutos, siguió haciendo lo que hacía cotidianamente. Tenía una relación súper natural con la naturaleza y nos sirvió de enlace para mostrar eso también. Él trabajaba cotidianamente y nosotros dejábamos de existir. Era perfecto.

Además de la relación con la naturaleza, Cocheca también deja entrever otros conflictos. Pienso en la escena del robo de sus caballos…  

— Esa escena es un gran momento para nosotros porque hay como un choque cultural con Alejandra, la directora en ese momento. Lo de Cocheca era muy simple: le robaron sus caballos, pensó que eran los chilenos y quería pedirle a la gendarmería que vaya a devolvérselos. Y yo le pregunto: “¿Pero Cocheca, por qué piensa que son los chilenos?”. Y me miró como diciendo que es imposible que entre nosotros nos robemos. Hay que pensar también que para la familia de Cocheca es un costo enorme comprar un caballo. Estaba devastado cuando se los robaron. Pero la verdad, lo veo como un héroe, nosotros no existimos al lado de personas como él.

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