Entre la evocación y lo evocadoEn "Orione", Toia Bonino se centra en la historia de dos hermanos a partir del recuerdo de su madre y una variedad de materiales visuales.

“Estamos grabando…empecemos por Ale”. La lejana voz de la directora se ve interrumpida por una más cercana que rememora la historia de su hijo, Alejandro Robles, comenzando por su adolescencia y su paso por el colegio secundario. Así, con el testimonio en off de Ana Loza, Toia Bonino estructura el caso de la familia Robles en Orione.

Lo narrado por Ana no es una historia sencilla. Se trata de la vida de sus hijos, Alejandro y Leo Robles, que cometieron ciertos actos ilícitos. Siendo todavía jóvenes, Alejandro murió por un disparo en la cabeza cuando manejaba el auto de su banda en una persecución policial y Leo, mientras eso sucedía, estaba preso desde hacía 10 meses.

En su testimonio para el film, la madre cuenta que tuvo sus dudas al principio sobre la versión barrial que indicaba que sus hijos robaban, pero luego Alejandro se lo confesó: “A mí me gusta ir a robar”, le dijo. De esta manera, Orione no presenta un caso fácil, pues resulta incómodo plantear una defensa a una persona con deseos que van en contra de lo socialmente establecido como “el bien”. Sin embargo, no se pueden aislar las condiciones socioeconómicas y el contexto de crisis social de 2001 que podrían actuar como factores para activar ese deseo. Pero el film no intenta iluminar con claridad las causas que motivaron a los hermanos a hacer lo que hicieron. Bonino presenta este caso particular, abre el debate, sin dejar marcas de su postura.

La construcción del discurso fílmico podría presentarse en dos temporalidades: por un lado, el relato histórico narrado a partir de Ana Loza con su testimonio en off; por el otro, el presente con las manos de esta mujer trabajando en su cocina haciendo una torta. Este desdoblamiento entre lo evocado y lo visual puede remitirnos a una pregunta: ¿Cómo representar aquello que se evoca? La directora parece responder alejándose de las típicas formas televisivas sobre la violencia cotidiana. Si la TV se centra en la superficie de los acontecimientos del presente, el documental de Bonino profundiza en un hecho del pasado.

Además, si los medios masivos ante un tiroteo sólo muestran parte de la escena del crimen y entrevistan a un comisario -como el film evidencia con la inclusión de un noticiero-, Bonino ofrece otra arista con el relato en off de la madre e imágenes que devuelven un entorno casero con sus manos dándole forma a una torta. Así, Orione evade efectos sensacionalistas al no exponer visualmente lo que es comprensible en la oralidad, no sólo en lo que remite a la violencia de lo evocado sino también dejando fuera de campo a Ana en su momento de evocación. De esta manera, los gestos que podría presentar la madre son descartados priorizando el relato y dejando un espacio de reflexión al espectador para que sea este quien termine de cerrar el discurso.

La directora también incluye archivos familiares que nos devuelven una imagen de los hermanos que jamás se exhibiría en los noticieros u otras formas massmediáticas. Unas vacaciones en la costa durante 1996 o una fiesta con el sonido de la cumbia en 2001 dan cuenta de un pasado inaccesible pero vivo a través de la memoria y capturado, en parte, por el registro. Estos archivos nos acercan a un aspecto de la vida de Ale y Leo, los humaniza, en detrimento de la imagen televisiva que sólo los presentaría como autores de un crimen.

La materialidad de la película se completa con registros de la directora en distintos espacios que no pueden ser interpretados aisladamente sino en el conjunto fílmico. Así, en un taller mecánico, la realizadora entrevista a un hombre preguntándole cómo es un policía y obtiene una respuesta donde lo no dicho cobra más importancia que lo dicho: todos los desconocidos son potenciales policías, una amenaza latente que puede terminar con la reclusión en una cárcel o, directamente, con la muerte. A su vez, entre una secuencia y otra, el film presenta espacios sin una narrativa oral pasando, por ejemplo, de un parque de diversiones a una morgue o de un cementerio al patio de una casa permitiendo inferir que la vida y la muerte tienen sus espacios institucionalizados pero suceden diariamente.

Durante sus 65 minutos, Orione presenta las complejidades de la historia de los hermanos Robles con testimonios, materiales de archivo y una puesta en escena que, en su conjunto, invitan a una reflexión en torno a las contradicciones que genera el caso. No obstante, al observar -y escuchar- sin tomar posicionamiento ni dejar alguna marca de su postura, el documental puede generar una sensación de cierta contemplación estetizante aunque es cierto que, con la pequeña inclusión del archivo del noticiero, el film presenta una crítica que excede a la diégesis del documental al distanciarse de las formas televisivas de representar lo real.

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