La memoria en cuestiónLola Arias reúne a tres veteranos argentinos y tres ingleses de la guerra de Malvinas en "Teatro de guerra". Sus memorias son representadas de diferentes formas y dejan ver el proceso que atravesaron durante más de 30 años.

La cámara toma en plano general una gran habitación de un viejo edificio en ruinas. Desde la derecha, ingresan, lentamente y de a uno a la vez, seis hombres que se posicionan en distintos espacios del cuadro. Miran de arriba a abajo el edificio. Parecen estar recordando algo. Uno de ellos, en inglés, cuenta una trágica historia.

Así comienza Teatro de guerra de Lola Arias. Aquellas seis personas son ex combatientes de la guerra de Malvinas, tres argentinos y tres ingleses -con la salvedad que uno de ellos nació en Nepal-. La artista, que debuta en el campo cinematográfico con este film, les propone a estos veteranos poner en acto la evocación de sus memorias a través de diferentes formas de representación. Esta película, cabe aclarar, forma parte de un conjunto de obras que incluyen una videoinstalación (Veteranos, 2014), una performance (Campo minado, 2016) y un libro bilingüe (Campo minado/Minefield, 2017) por lo que el contacto de Arias con estos combatientes excede la producción del documental. 

Pasaron más de 30 años del conflicto bélico, una distancia temporal que aleja lo realmente vivido de lo que pueda ser recuperado por la memoria. A través de recursos teatrales y lúdicos, que recuerdan en parte al artificio montado por Joshua Oppenheimer en The act of killing, los ex combatientes representarán acontecimientos traumáticos tanto en la época de la guerra como posterior a ella.

Desde el inicio del film, se vislumbra el protagonismo de uno de los soldados británicos, Lou Armour, quien evoca un momento de la guerra que indudablemente lo marcó: un día con su pelotón en avanzada tirotearon a un grupo de soldados argentinos; luego de percibir que se estaban rindiendo, Armour ordenó el cese de fuego pero ya uno de los argentinos estaba gravemente herido en el estómago. Armour se acercó a él quien, en inglés, le habló de un viaje a Inglaterra que había hecho. Luego de eso, el soldado argentino murió.

Teatro de guerra - Lola Arias 2

Este mismo acontecimiento es retomado cuatro veces a lo largo del film, todos evocados de diferente manera, como si se quisiera exponer que lo narrado por Armour no es equivalente al inaccesible hecho en sí y, también, a modo de enfrentar los mecanismos del olvido. Luego de aquel inicio con una representación teatral, que funciona también como un modo de presentar los seis personajes de la película, accedemos a la historia de Armour mediante una entrevista que la realizadora le hace en un estudio donde, además, se deja ver el artificio cinematográfico. De nuevo: no accedemos al episodio en sí, sino al recuerdo a través de un relato oral mediado por los recursos audiovisuales.

Promediando el film, la historia de Armour aparece resignificada. En el aula de una escuela primaria, un alumno le pregunta a los combatientes si alguna vez mataron o vieron morir a alguien. Corte. La respuesta llega, no desde el aula, sino desde un material de archivo: un joven Armour cuenta en una entrevista para un documental británico de 1984 cómo vio morir al soldado argentino cuyas últimas palabras fueron en inglés mientras recordaba un viaje por Oxford. El ‘joven Armour’, con lágrimas en los ojos, dijo: “quisiera que no me haya hablado en inglés”. Ante este archivo, Arias propone un nuevo giro y, como hiciera Oppenheimer hacia el final de The act of killing, pone a su protagonista a mirar el material. Allí, el ‘Armour del presente’ da cuenta del proceso que lo llevó a encerrarse por la vergüenza de haberse emocionado públicamente por la muerte de un soldado argentino y no de un compatriota suyo. Las heridas de la guerra no son sólo las físicas que se pueden producir en un combate.

El concepto de “lo nacional” y “lo patriótico” son cuestiones que sobrevuelan en la película pero no son su eje. La distancia temporal con el conflicto, quizás, apacigua lo pasional. El sentimiento patriótico que marca un “nosotros” y un “ellos” puede generar una diferencia que intenta ser limada -aunque no borrada por completo- con mecanismos que se focalizan en compartir las experiencias traumáticas de la guerra. Casi como si se dijera “vos estabas disparando contra mí y yo contra vos” para, de esa manera, intentar empatizar, acercarlos en tanto humanos que pueden compartir algo, más allá de consensuar o no respecto a la soberanía de las islas. Así, por ejemplo, Arias monta una escena donde los vemos tocando una canción que indudablemente nos habla de su experiencia. Batería, guitarras, bajo y voz armonizan en un canto contra las atrocidades de la guerra. Y no cualquier género musical es el que tocan: el rock es la música emblemática de su juventud, el momento de sus vidas en el que tuvieron que combatir.

La guerra no, la discusión política sí. La sintonía que se percibe a la hora de criticar la guerra como método para la resolución de un conflicto no se vislumbra respecto a las visiones políticas sobre la soberanía de las islas. Las diferencias existen y Lola Arias lo sabe. O al menos eso se entrevé cuando pone en pantalla a un veterano argentino y otro inglés frente a frente para debatir la historia de la disputa. Solución no habrá pero, al menos, no queda todo en una absoluta camaradería que podría haber borrado las particularidades de cada postura. A su vez, y ante la estética austera de algunas escenas donde predomina un fondo blanco, resulta una materia significativa las remeras de algunos excombatientes argentinos reclamando la argentinidad de las islas. Al dejar que sus protagonistas vistan así se deja ver que el conflicto sigue latente.

Teatro de guerra - Lola Arias 3

Otro de los recursos utilizados por Arias para poner en acto la representación de la memoria remite al uso de muñecos de Playmobil que Albertina Carri hacía en Los rubios. Allí, la directora ponía en escena esos juguetes para narrar el secuestro de sus padres desde los ojos de la niñez, dado que sus padres fueron desaparecidos cuando Albertina tenía cuatro años. ¿Pero qué pasa en Teatro de guerra? ¿Por qué representar este hecho con muñecos si quienes recuerdan, aunque eran jóvenes, probablemente ya no jugaban con ellos? Se podría suponer que el caracter aparentemente lúdico e inocente de los juguetes bélicos esconde una contracara brutal: las consecuencias de una guerra real. En esa escena, un ex soldado argentino le cuenta a uno británico un episodio de la guerra donde murieron algunos compañeros suyos pisando una mina que el propio ejército argentino había puesto al inicio de los enfrentamientos. Los detalles y el peso de la voz de esta narración nos transmiten el dolor de aquel recuerdo.

Luego del prólogo con la teatralización de los recuerdos de Armour, distintos personajes se presentan a cámara como si se tratase de un casting. Así, los personajes que veremos a continuación serán eso: personajes de una película. En otra escena, en un bar, los protagonistas son separados: por un lado, Lou Armour y David Jackson presentan críticas a su participación en la película esgrimiendo que “es un proyecto argentino” o que se sienten incómodos actuando siendo ellos no-actores; por otro, Rubén Otero, Marcelo Vallejo y Gabriel Sagastume dialogan sobre sus percepciones respecto a los británicos. Esta escena, que podrá tener cierto grado de ficcionalización, invita a una reflexión sobre estos personajes en tanto personas con sus conflictos e inseguridades y respecto a cómo la construcción misma del film influye en ellos.

La película exhibe los medios de su producción constantemente para recordarnos que lo que estamos viendo no es la guerra en sí sino una representación de los recuerdos de seis soldados. Lola Arias consigue poner en escena los procesos de memoria de estos ex combatientes en un film que intenta, a su vez, acercarlos en tanto humanos que han vivido experiencias similares. Podrán tener diferencias respecto al conflicto político pero la guerra, indudablemente, no es la solución. 

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