Mujeres de la mina: el otro lado del Cerro RicoEn "Mujeres de la mina", Malena Bystrowicz y Loreley Unamuno retratan a tres mujeres que viven en el Cerro Rico, en Potosí. El film forma parte de la programación de la muestra por los 10 años de la asociación RDI.

De las vetas de plata que hicieron de Potosí una de las ciudades más ricas en la época colonial queda poco. Del Cerro Rico, hoy, se extraen deshechos de plata y estaño. Históricamente la extracción de minerales de esta zona del altiplano boliviano ha sido fuente de riquezas para los centros imperialistas, historia que empieza en 1545 con el trabajo de mano de obra esclava indígena, trabajando como mitayos para los españoles conquistadores. Aún hoy las condiciones laborales de lxs minerxs están subsumidas en la precarización y malas condiciones. Las directoras, Loreley Unamuno y Malena Bystrowicz, eligen contarnos una cara olvidada de la realidad actual del Cerro Rico en Mujeres de la mina. A lo largo del film, recorremos la situación de las mujeres que viven, trabajan, luchan y se organizan en las minas de Potosí, en Bolivia.

Lucía Armijo prepara comida en su cocina. Sus manos curtidas pelan papas, y su cuerpo está arropado para hacerle frente a las bajas temperaturas del cerro boliviano. La escuchamos hablar y compartir un pedacito de su historia de vida. Una vida dura. Pero también de organización y resistencia. Lucía es, además de jefa de hogar, trabajadora minera y dirigenta de la organización de mujeres trabajadoras de la mina. En un tono íntimo, es de las primeras imágenes que nos presenta Mujeres de la mina. Lucía, junto a Francisca González y la histórica y gran referente luchadora, Domitila Chungara, son las voces que tejen los hilos del documental. Acompañando a estas tres protagonistas, la voz de Eduardo Galeano enhebra el relato.

Estigmatizadas desde el entrañamiento mitológico, hay una tradición que apunta que las mujeres no pueden entrar a los socavones de la mina porque, dicen, es mala suerte. Si bien hoy en día esto no se toma de forma tajante, hay en el mismo proceso de construcción en la discursividad de autoafirmación de la población un dejo de marginalidad hacia la población femenina. Sin embargo, ellas allí viven. Y también trabajan. No solo en la mina, sino en sus hogares, cuidando a sus hijxs, preparando la comida, resolviendo los quehaceres domésticos. Y, como apunta Galeano en el documental, esta misma maldición es la que las salva. Imposibilitadas de trabajar en la mina, tienen mayor tiempo de vida que sus maridos. Las paupérrimas condiciones laborales hacen que los mineros hombres tengan una vida más acotada. Ellas, en su mayoría viudas, lograron tergiversar esa lógica discursiva machista y se mantienen como actoras activas en la historia y vida de la comunidad.

Mujeres de la mina 3

En una de las fotografías más lindas de la película, vemos a Francisca, sola, picando piedras entre montañas de restos minerales que fueron desechados. Francisca es palliri y proviene de una generación que ha trabajado en las minas. La cámara retoma un primer plano de su rostro surcado y la filma en pleno trabajo. Las palliri son las mujeres que se encargan de buscar en los materiales desechados de las extracciones, algún resto mineral que pueda ser utilizado para vender. Vestida con su pollera, trenza gruesa en su espalda, la vemos con sus herramientas de trabajo, paleta, escobilla de paja, masa para picar las piedras. La imagen en que la toma, sola, picando entre montañas de piedras, recuerda ese lugar de obstinación y perseverancia que escuchamos en los relatos de ellas mismas. Al igual que Lucía, Francisca enviudó joven. Ambas tuvieron que hacerse cargo de sus familias y encontraron la forma de salir adelante. Superponiendo los relatos de las protagonistas, se construye una mirada que apela a acercarnos una realidad social cruda, contada por estas tres mujeres. Y quizás una de las propuestas más interesantes de la película es que elige que esos relatos vayan más allá de presentar a estas mujeres como víctimas de esa realidad, sino que nos acercamos a ellas como mujeres que resisten, se organizan y luchan, a pesar – y en contra- de la realidad social que atraviesan. Un plano que llama la atención es aquel en el que vemos una cantidad de perros que hostigan a un animal menor; casi que queremos correr la vista de la escena, porque nos resulta violenta ¿Será tal vez que luego de este plano, los relatos se quiebran para dar lugar a entender el cambio en la subjetividad de ellas mismas? Como el animal hostigado, ellas persisten. 

Entonces, una frase que puede hilar las tres historias que se narran, podría ser la de Domitila Chungara. Introducida en el film por medio del relato de Galeano, nos cuenta una anécdota en la que Domitila se encontraba en una asamblea de sindicalistas mineros allá por los ´60. Domitila alzó la voz y tomó la palabra en la asamblea para preguntar a sus compeñrxs cuál es el enemigo fundamental al que se enfrentan. La respuesta de algunxs fue el imperialismo, la burocracia, el capital. Pero ella les retrucó: No compañeros, no. Yo quiero decirles estito: nuestro principal enemigo es el miedo, y lo llevamos adentro”. Esta frase da la puntada final a las historias narradas. En un contexto donde la desigualdad de género es grande, quienes más sufren las condiciones de pobreza son las mujeres; pero aquí, a pesar de que la feminización de la pobreza es extrema, las tres dejaron de lado el miedo y supieron organizarse y ocupar puestos de cabecera en la organización de los grupos de mujeres mineras. Y más allá de la posición que ocupan como sujetas políticas, hay un ejercicio de empoderamiento por parte de las tres, donde dejan de lado el miedo -ellas mismas así lo cuentan- y atraviesan esa toma de conciencia que las interpela en su propia cotidianidad y subjetividad.

Entreverados con los relatos de lxs protagonistxs, la fotografía nos muestra el paisaje de Cerro Rico. Pircas, adobones, ladrillos, calles de tierra, polvareda, y los cerros de fondo. También vemos la idiosincrasia de lxs habitantes: ceremonias, rituales, entierro y velorio sirven para entender mejor los modos de vida de una población que nos resulta ajena. A su vez, utilizan fotografías de archivo para dar cuenta de parte de la historia del lugar. Muchas de las imágenes son documentos del ´52, posteriores a la Revolución Nacional, periodo en donde se nacionalizan los yacimientos mineros. El recurso de las imágenes de archivo sirve también para hacer de puente entre la entrevista que le realizan a Domitila. Registrada pocos años antes de su muerte, la histórica líder sindicalista minera recuerda su pasado, la represión de las dictaduras y el lugar que ocuparon las mujeres -sobre todo las del comité de Amas de Casa- en esa resistencia, como también su propia historia de vida. En medio de su relato, vemos a una Domitila más joven por medio de fotografías blanco y negro, en donde se la ve dando discursos, y se recuerda también cómo ella y cuatro mujeres comenzaron la huelga de hambre en La Paz que terminó por derrocar a la dictadura de Hugo Banzer en 1978. A Domitila las directoras la encuentran ya mayor, en Cochabamba, y enferma. Debe ser de los últimos registros visuales de esta lideresa. A pesar de la edad y su enfermedad, seguía formando cuadros políticos en su lugar de residencia.

A través de la mirada de las directoras nos acercamos a las historias de estas mujeres. A su cotidianidad doméstica y a su lugar de trabajo. A retazos de sus historias de vida y su toma de conciencia de clase y de género. A la posibilidad de entender cómo construyen lazos sororos para atravesar de mejor manera su vida. A partir de esa decisión de filmarlas en el día a día, de realizar un racconto de la historia del pueblo a través del archivo y de inmiscuirse desde una visión más antropológica en las ceremonias y ritos que construyen el lazo cultural de la comunidad, acompañado de un sonido ambiente y una elección musical que acompasa el relato y de una fotografía que muestra el paisaje, el documental también logra deconstruir el lugar en el que se puede filmar la otredad sin caer en una mirada exótica ni estigmatizante, al construir una mirada documental que parte desde una intención genuina. Y también acercarnos así, historias necesarias de mujeres que han sido olvidadas, calladas y silenciadas.

 

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