Recursos cinematográficos para discursos socialesUna mina subterránea en Serbia y otra a cielo abierto en Surinam son los escenarios que, a modo de espejo, contrasta Ben Russell en "Good luck".

Un largo plano secuencia sigue a unos mineros en la oscuridad. Hacia el final del pasillo, los hombres ingresan en un ascensor. El plano no se detiene y el ascensor comienza a descender. Algunos hombres irán bajando en pisos intermedios pero la cámara, finalmente, saldrá con los obreros que se internan en el último socavón de esta mina a 600 metros de la superficie. Allí, la oscuridad será tal que sólo podrá verse lo iluminado por la pequeña luz de sus cascos.

Esta es una de las secuencias iniciales de Good luck, el último film de Ben Russell. En una película anterior, A spell to ward off the darkness, también recurría a extensos planos secuencia para narrar. De esta manera, si los cortes nos trasladan en tiempo y espacio, Russell prefiere evitarlos. En esta ocasión, dedica un extenso tiempo para sumergirnos en el espacio que habitualmente –algunos desde hace décadas- ocupan estos mineros para sentirlo en carne propia. El film, preponderantemente observacional, no pretende explicar cómo es el trabajo en las minas sino más bien transmitir las sensaciones de estos mineros. “Trato de describir mi trabajo como de no-ficción porque me gusta que esté incorporada la palabra ficción. No considero mi trabajo un documental y tampoco tengo una creencia demasiado firme en esto de la realidad objetiva o la verdad, no creo demasiado en estos conceptos”, afirma Russell en la conferencia que brindó luego de la proyección.

Una vez en sus puestos de trabajo, el director concentra recursos en vislumbrar el modo en que operan. Mediante otro plano secuencia, el director nos acerca la cara de un operario en pleno manejo de la perforadora; luego pasa a los músculos, temblorosos por la fuerza del instrumento; finalmente, se enfoca en la máquina que destruye una de las paredes de la mina. El ensordecedor sonido de la perforadora completa la escena, dando cuenta de lo infernal de este modo de extracción sin necesidad de palabras que lo expliquen.

Good luck 2

En cuanto a lo visual, su materialidad llama la atención: la película fue rodada en fílmico, en súper 16 mm. “Cuando se trabaja con 16 mm, el celuloide que captura la luz tiene un material que incluye plata, que se toma de la tierra. Me parecía importante hacer un film, no que condene el proceso de extracción que claramente es terrible y destructivo, sino que pueda dar cuenta de que todos, incluso yo, estamos involucrados de alguna manera en este proceso”, explica el realizador.

Por otro lado, no todo en este film se reduce al modo en que trabajan los mineros. El director introduce su cámara en una mesa donde estos mineros descansan y allí logra entablar algunos diálogos a partir de dos preguntas básicas: con qué sueñan y a qué le temen. Lo fundamental quizás no sean tanto las respuestas como el relajado modo en que se relacionan estos trabajadores a pesar del duro trabajo que realizan. No obstante, podemos detenernos en una de las respuestas: “Quiero que los salarios aumenten para que pueda pagar la educación de mi hijo y no tenga que trabajar acá”. El discurso, propio del sentido común, vislumbra una equivalencia entre escolaridad y ascenso social que parece funcionar en distintas partes de occidente. A su vez, permite observar la potencia de un sistema que no sólo explota a sus trabajadores, sino que además les ofrece deseos como si pudiesen alcanzarlos con el sólo esfuerzo individual. Así, con la promesa de un futuro mejor a partir de la obtención de algún título académico, la división de clases se borraría y los hijos de trabajadores alcanzarían los mismos puestos que hoy detentan los sectores más acomodados. Sin embargo, Bourdieu en La distinción con su análisis sobre la inflación y devaluación de títulos escolares da muestras de lo contrario.

Esta misma creencia funciona en distintos lugares, incluso en Surinam, donde se detiene Russell en la segunda parte del film. Aquí, también uno de los retratados señala la misma relación entre ascenso social y nivel escolar deseada por aquel serbio. Sin embargo, en esta escena, un compañero de trabajo plantea que él no pudo terminar sus estudios por el desencadenamiento de una guerra que hizo huir a los docentes y directores del colegio rural. De esta manera, observamos que la escolaridad no está exenta de relaciones sociales que se tejen en un contexto más amplio y en un espacio-tiempo determinado.

En esta segunda parte, el director utiliza la misma forma narrativa, pero en cuanto al contenido hay algunas diferencias: ya no se ubica en una mina subterránea sino en una a cielo abierto; no se extrae cobre como en la primera sino oro; la propiedad no es del Estado sino privada. Además, Russell vivió cuando tenía 22 años en Surinam por lo que conoce a las personas que retrata y habla su lengua por lo que las (pocas) escenas dialogadas contienen una cercanía y fluidez que las de Serbia no alcanzaban. En el país europeo, al no hablar el idioma, el director recurría a la traducción de uno de sus técnicos. “Cuando miro el film, la parte de Surinam la siento más cercana y la de Siria me parece más distante por estos factores”, reflexiona el director que profundiza: “El material que tenía de Serbia me ayudó a definir la forma de lo que filmaría luego en Surinam para crear una especie de espejo entre una parte y otra”.

Entre las diferentes secuencias que componen la película, Russell incluye unos polaroids en blanco y negro a diferentes mineros. Ellos se sientan frente a cámara y el director estira el plano más de lo habitual. Los obreros, al principio, quizás sonrían y con el transcurrir del tiempo cambian su semblante. El diseño sonoro de estas escenas incluye un suave y lejano sonido que remite a las máquinas, como si estos trabajadores no pudieran sacarse el ruido de sus cabezas. Parafraseando a uno de los mineros de Surinam: la explotación (sobre la naturaleza y sobre el hombre) necesita un descanso.

Comentarios

comentarios