Un cross a la mandíbulaEn "Pabellón 4", la cámara de Diego Gachassin permite observar las particularidades de un taller de filosofía en una cárcel de máxima seguridad.

Otro personaje de yeso, con la guardia de Maravilla Martínez, pide que le enjuague el bucal; está nervioso, no sabe si es un espectáculo o una disputa a muerte ¿Qué hago? ¿Por dónde le meto el bucal? Si tiene por cabeza un foquito eléctrico. “¡Pienso, luego existo!”, me grita, riéndose amigablemente ¡Ah! Me doy cuenta que es iluminista; se hizo el boludo y vino a cambiar el aire. Astuto el veterano ¡che! Acomoda las cosas, donde su razón se lo indica.

Carlos Alberto Mena en “Soy Metal” (Desde adentro, 2014)

Más de cincuenta personas toman apuntes y escuchan atentamente a su profesor quien retoma a Viktor Frankl y dice: “Solo temo una cosa: no ser digno de mi propio sufrimiento”. Un hombre, dando cuenta de su lectura, profundiza al respecto y comenta el rol de los kapos en los campos de concentración del nazismo. Este debate no se da en el aula de una universidad sino en uno de los pabellones de la Unidad 23 de la cárcel de máxima seguridad de Florencio Varela. En Pabellón 4, Diego Gachassin observa las rutinas de este taller donde los presos, además de discutir sobre filosofía, escriben cuentos y poesías y hasta practican boxeo.

Quien brinda este curso no es un profesor de filosofía sino un abogado comercial, Alberto Sarlo. En sus inicios, conoció a Carlos Mena cuando estaba cumpliendo su condena quien recuerda: “Yo le explicaba a los pibes para qué entraba él y le hacía la escolta con dos pibes más, con facas, para que ninguno se haga el pillo con él. Porque es una cárcel de máxima seguridad, no es Rincón de luz”. En la actualidad, Mena está en libertad y es el ayudante de Sarlo en el taller.

Luego de algunos planos que nos adentran en el espacio carcelario -mostrando los muros, las armas del servicio penitenciario, sus oficiales-, Pabellón 4 abre con un preso explicando con gran precisión la dialéctica hegeliana. “Poné la palabra historia que es clave”, acota Sarlo. En estas clases, el abogado-docente genera un clima propicio para debatir las ideas de Marx, Heidegger y Foucault, entre otros, procurando que sus estudiantes puedan aprehender los conceptos en los términos de cada filósofo. 

Ya situados en el espacio, el film presenta a sus personajes. “Me parecía que si toda la película ocurría dentro de la cárcel podía ser un poco agobiante, entonces me interesaba mostrar un poco la intimidad de los personajes, conocer sus historias, su familia”, destaca Gachassin. De esta manera, vemos a Alberto Sarlo mientras desayuna con su familia, deja a sus hijas en el colegio y va a su oficina. Es un hombre de clase media urbana que probablemente deba lidiar con los problemas de cualquier otro. Aunque, claro, les agrega los propios del pabellón. Así, en la apacible tranquilidad de su hogar, puede recibir un llamado donde le informan que Germán, uno de los presos que asiste a su taller, sería transferido a otro penal luego de que este haya impreso billetes de $500. Sarlo, notoriamente preocupado, hace llamados para evitar que caiga en pabellones “picantes”. Luego, para descargar estas tensiones, el film nos devuelve la imagen de Sarlo corriendo.

El co-protagonista de Pabellón 4 es Carlos Mena. Él cumple un rol fundamental en el taller al poder establecer un vínculo más estrecho con los presos por haber vivido las mismas experiencias que ellos, en el mismo pabellón y durante siete años. No es alguien de afuera como podría ser visto Alberto en primera instancia. El film deja ver la faceta artística de Carlos, tanto en las letras de las canciones y poesías que compone como en los dibujos que realiza. A su vez, hay espacio para que bosqueje su dura historia en una escena donde accedemos a su memoria. “Obviamente esas situaciones una las arma pero se construyen de una manera que uno imagina que podrían funcionar. Le propuse que vaya con un par de amigos a una plaza y hablen para que ellos se suelten y salga lo más natural posible”, comenta el director.

Así como la música funcionaba como motor de descarga para Alfredo García Kalb en Los cuerpos dóciles -la película que Gachassin codirigió con Matías Scarvaci, en este film la actividad física parece liberar las tensiones de los protagonistas. Pero, a diferencia de aquel que contaba con una estructura basada en un juicio donde los tiempos son progresivos hasta llegar a una sentencia, aquí la intención es retratar la cotidianidad del taller cuyo cierre -si bien lo tiene- no es tan conclusivo como el de un proceso judicial. No obstante, esto no significa la ausencia de conflictos: la falsificación de billetes o la voluntad para que Mena sea reconocido como empleado del Estado por su trabajo en el taller funcionan como hilos conductores en el relato.

En Pabellón 4 hay una clara decisión ética respecto a las imágenes que se construyen. Alejándose de la ferocidad con la que los medios masivos retratan a las prisiones, Gachassin desanda otro camino. “No quería alimentar el morbo del espectador sino desestigmatizar las ideas que tenemos respecto a lo carcelario”, destaca el realizador. Sin embargo, esto no implica que la violencia no esté en el film: tanto en los relatos orales como en las lecturas de los cuentos y poesías, ésta se hace presente dejando que cada espectador interprete en sus mentes las imágenes que construyen las palabras de los presos. “Me parecía muy importante que se vea que esto es una excepción en las cárceles de Argentina. La idea no es terminar de verla y decir ‘entonces las cárceles no están tan mal’. No, están muy mal y eso se advierte en los relatos que cuentan sus experiencias carcelarias”, afirma Gachassin.

La modalidad observacional permite, en este film, que el espectador cierre el discurso respecto a lo narrado. No hay imágenes que anclen los crudos relatos de los presos. En ocasiones, si bien pareciera que sólo se trata de una persona leyendo, la cámara también nos hace testigo de las emociones y entonaciones que imprimen en esas lecturas. “Me parece que el documental de observación es la forma más vivida de conocer una realidad ajena”, define el realizador que agrega: “Es como un juego donde los otros actúan su propia realidad. Y, de esa manera, creo que se logran cosas muy verídicas. Pasan cosas que me quedo con la boca abierta no pudiendo creer lo que está sucediendo”.

¿Quiénes hacen filosofía? Los profesores de filosofía, respondería cualquiera guiado por el sentido común. En Introducción a la filosofía para no filósofos, Louis Althusser se pregunta en torno a esta relación entre filosofía y educación identificándola con un modo de hacer filosofía, el idealista, que esconde una división entre trabajo manual e intelectual. El profesor de filosofía por un lado, el operario de una fábrica por el otro. Pero existe otro modo, según Althusser: el materialista. Ahí donde los idealistas crean su propio mundo, los materialistas se salen de él para establecer relaciones entre la filosofía y el mundo concreto que habitan. Bajo esta perspectiva, no es necesario ser profesor para ser filósofo. Alberto Sarlo, Carlos Mena y los participantes del taller dan cuenta de ello, se salen del mundo de los filósofos y establecen relaciones con su realidad. Y aunque sea dura, la lucha por transformarla continúa.

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