Un quijote del cineLa realizadora Luz Ruciello presentó como directora su primera película documental en el Festival de Cine de Mar del Plata. El sueño de un albañil cinéfilo por proyectar cine en una sala propia.

La pasión por el cine en las personas puede manifestarse de distintas formas: como cinéfilo, director, realizador audiovisual, actor o actriz. Pocos, muy pocos, pueden soñar con ser dueños de un cine. No cualquier cine, uno social. Omar Borcard se animó a hacer realidad ese sueño y la directora Luz Ruciello a contar su historia en Un cine en concreto.

Desde muy chico Omar empezó a ir al cine del pueblo de Villa Elisa en la provincia de Entre Ríos. La sala oscura, la pantalla grande y el sonido lo fascinaron. Se hizo amigo del proyectista y conoció de cerca la magia que transforma el haz de luz en imágenes. Pero ese cine que tanto goce le dio cerró en 1986, y a diferencia de lo que sucedió con las salas porteñas, se convirtió en una biblioteca popular. Omar Borcard habló con vecinos y políticos, reclamó y esperó a que algún empresario rescatara la sala. Nada ocurrió. O todo empezó.

Albañil de profesión, en su mente unió los ladrillos de su trabajo con su pasión. Sin darle demasiados detalles a su esposa Teresa sobre lo que iba a hacer, empezó a levantar columnas y paredes. Pasaron cuatro años de obra y construcción hasta que en el año 2000 se inauguró “Cine Paradiso”. De la providencia de un cura consiguió un proyector Gaumont 1928 que su viejo amigo proyectista lo ayudó a reparar y le enseñó a usar. La sala no tendría las comodidades de una de las grandes cadenas de cine, pero contaba con la habilitación municipal. Baños de damas y caballeros, salida de emergencia y ventilación. No faltaba nada.

cine paradiso

Diez años pasaron de tamaña proeza y de la existencia de Paradiso, por eso hubo un festejo en la plaza del pueblo. El cierre feliz culmina con un travelling de la cámara de la directora Luz Ruciello alejándose del cine. La observación de Ruciello llevó nueve años, como un parto largo, según sus propias palabras. Decidió que el registro de la realidad fuera perceptible para el público a través de distintas tomas en que Omar y su familia están juntos en distintos momentos de su vida cotidiana. Esos guiños no sólo refrescan la historia con pequeñas dosis de humor también sirven para mostrar los cambios de actitud de las personas al prender la cámara. Es lo que pasa, pero no tanto.

El pelo negro de Omar ahora es blanco. Sus manos y su rostro reflejan las marcas de los años de trabajo en la construcción. En ese momento, la vida le depara una prueba que lo golpea con saña y dureza, justo donde más duele: en el sueño de las proyecciónes.

No baja los brazos. Abnegado, obstinado y con mucho amor, el albañil se convirte en vendedor de una zapatilleria y en conductor de radio en un programa de música. Dar tanto sin pedir nada a cambio, ni siquiera más de dos pesos para las entradas, tenían que generar algo. Ese algo es que gracias a sus vecinos y conocidos logra resurgir. Es que el motor de su espíritu es el cine, su combustible es disfrutar de compartir sala con otros que no pueden ir a festivales ni shoppings y que no tienen porqué conformarse con las películas que pueden verse por televisión o a través de un monitor.

En tiempos en que el cine independiente vive momentos difíciles de resoluciones con ajustes en la realización, competencia desleal en la cuota de pantallas y problemas de distribución, en el festival más importante de Latinoamérica, se proyecta la historia de un apasionado por el cine. Conmueve, aunque por momentos la directora lo fuerce un poco, pero si saca lágrimas es porque su lucha simbólica es una aventura quijotesca entre tantos molinos. ¿Tienen que existir más personas como Omar para que pueda producirse y verse más cine independiente argentino?

Ruciello reconstruyó el sueño con escenas actuadas por Omar porque el primer cine ya no estaba. El trabajo de montaje hilvana correctamente la narración, algo dificultoso para tantos años de filmación. No importa que la baja calidad de filmación, justificada en el paso del tiempo, sea notoria y por momentos opaque la bella estética de las imágenes actuales. La historia y el modo de contarla atenúan esa cuestión. Si la película no hubiera participado de otros festivales hubiera merecido lugar en la competencia marplatense.

Al finalizar la proyección en su presentación en el Festival de Cine de Mar del Plata, el entrerriano tomó el micrófono y dijo: “Entre mi mujer y yo apenas juntamos once mil pesos. El cine, no se, va a morir cuando muera yo. Pido que si alguien en la sala es del INCAA o puede ayudarme con un contacto, pido por favor, que me contacte”. A veces don Quijote necesita la ayuda de Sancho Panza.

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