Crítica

Antes del alambradoLa nueva película de Jorge Leandro Colás, “La visita”, nos invita a formar parte de un tejido de vínculos y sensaciones que se generan en las adyacencias del penal de Sierra Chica.

Cuando nos dirigimos a una visita, hay un puente intangible que tenemos que atravesar, hay cosas que debemos dejar y cosas que debemos llevar. En La visita, el director, Jorge Leandro Colás, nos propone un punto de vista muy particular alejado de los arquetipos carcelarios, inmediatos y prejuiciosos. Dentro de su filmografía documental, el recurso observacional es una constante (Parador Retiro, Los Pibes) y, de esta manera, se permite desarrollar y explorar los tejidos sensibles de los vínculos internos del cuadro. El penal de Sierra Chica recibe cientos de visitas cada fin de semana, en donde casi la totalidad de ellas son mujeres, que acompañan y comparten unas horas con sus familiares en prisión.

Luces difusas recorren la pantalla en negro. Es de noche, los sonidos del exterior se oyen con reverberación como si estuviéramos atravesando un túnel hacia un lugar desconocido. De a poco todo se comienza a desentramar. Estamos en un colectivo, un cartel nos avisa que llegamos a Sierra chica. El punto de desembarco es un almacén que a simple vista parece ser un local como cualquiera pero, al ingresar, encontramos diversas particularidades. Este recinto cuenta con excesivos servicios (varios de ellos hasta ridículos) sostenidos por el lucro constante del almacenero, que aprovecha cada necesidad de las visitantes para sacar un rédito. Este personaje, conocido como “El gallego”, es uno de los ejes narrativos que se sostienen en el relato como parte de este universo en las adyacencias del penal. El almacén se encuentra desbordado de mujeres con bolsos, algunas se planchan el pelo, se maquillan, atienden a sus bebés o hablan por teléfono. Así, empezamos a detenernos en cada una de ellas, podemos percibir que algunas están muy relajadas y acostumbradas a este universo. Otras no tanto, quizás afrontan su primera o segunda visita y sus sensaciones se manifiestan con miedos e incomodidades dentro del almacén. Una llamada por teléfono por parte de una de las chicas, nos tiende un puente hacia Bibi, una mujer que alberga durante los fines de semana a algunas de las chicas que vienen a visitar a sus familiares al penal.

La presencia de Bibi en el grupo de mujeres parece conformarse como un eje de fuerza y voluntad, por experiencia y por amor. Bibi también tiene a su pareja en el penal desde hace varios años y decidió irse a vivir a Sierra Chica, para acompañar con mayor constancia a su marido y prepararlo para cuando salga. Dentro de la casa de Bibi, este grupo de mujeres ya tienen un vínculo construido, todas tienen más o menos experiencia en esta situación de visita. Aquí, comenzamos a presenciar charlas y comentarios que nos proyectan a un potencial mundo dentro del penal. Entre situaciones que viven sus seres queridos encontramos denuncias de abusos de autoridad, conflictos entre los internos y la mención del funcionamiento de “la carpa”. Al respecto, se nos da a entender que “la carpa” es el lugar donde los reclusos pueden tener sexo con sus parejas visitantes, práctica que pareciera ocurrir ilegalmente luego de que fuera prohibido pero que, sin embargo, se sostiene con el lucro de los dirigentes del penal que hacen uso (y abuso) de ello.

Cuando llega el momento de la visita, nos encontramos fuera del penal, junto a decenas de parejas, madres, abuelas, niños y niñas, que esperan su momento junto al alambrado. Cada una de ellas carga no solo comida o regalos para compartir con el detenido, sino que en sus cuerpo cargan todos los acontecimientos y sensaciones que tuvieron que afrontar para llegar a ese lugar, y que cargan continuamente. “Nos miran como si nosotras también estuviéramos presas”, menciona una de ellas respecto al peso de la culpabilidad y prejuicios de la sociedad que caen encima de ellas, generando que todo este pesar resulte doblemente difícil. Esperamos junto a ellas, de noche, de día, con sol y con lluvia, todo es igual. Sus presencias siempre están allí. También participamos de un momento muy tierno e inocente en donde dos niñas se encuentran dentro del alambrado conversando, jugando, cantando y bailando. La incorporación de esta escena constituye una pieza clave en la sinceridad del relato, atribuyendo brillo e inocencia para diluir un lugar tan controversial como es la línea divisoria entre el adentro y el afuera de una cárcel.

El marco que contiene el concepto de visita dentro de la película está fuertemente arraigado a la decisión de no atravesar el alambrado. Hacia adentro del penal, la cámara siempre se queda afuera. La idea narrativa se sostiene en el transcurso del relato construyendo el tiempo necesario, para que los vínculos y emociones entre los actores sociales fluyan apropiándose del espacio que les toca habitar. De esta manera, se le da volumen a los cuerpos y espacios que circunvalan el penal, y nos direccionan a la idea de visitante, así como el espectador es protagonista de una visita desdoblada de la propia visita de la película.

 

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