Crítica

Batallar contra los fantasmas del olvidoEn "Ausencia de mí", la directora, Melina Terribili, acerca una mirada sobre la figura de Alfredo Zitarrosa a partir de sus años de exilio.

En 2014, la familia del cantautor uruguayo Alfredo Zitarrosa, decide donar un gran acervo archivístico a la municipalidad de Montevideo para comenzar un trabajo de recuperación del material junto al Teatro Solís. Melina Terribili, directora de Ausencia de mí, accede al acervo y elige ciertos retazos del mismo que le permiten narrar, de forma audiovisual, el exilio de casi ocho años del artista uruguayo.

Entre los aciertos del documental está la presentación de ese hallazgo archivístico, a disposición de la directora y del equipo de la película: el centenar de fotos, películas, grabaciones y escritos que Zitarrosa reunió, casi con pericia obsesiva, a lo largo de sus vida. Sus hijas, a quienes vemos desempolvar y revisar aquellos objetos con cariño y añoranza, proponen que esa pericia se debe a la búsqueda de afirmar su identidad, su lugar en el mundo, más que a una intención de pensarse como figura histórica. Quizás, también, en el fondo de aquella cuestión, exista la vaga idea de batallar contra los fantasmas del olvido y que la ausencia que se genera sea repuesta al revisar aquello que durante años estuvo guardado y conformó parte de la historia y de la identidad del pueblo uruguayo.

La voz grave, seria y acompasada de Zitarrosa se vuelve narración en off, poesía en formato de reflexiones sobre el exilio, la militancia y la creación artística, como también sus charlas telefónicas o conversaciones donde registraba su cotidianeidad, grabada insistentemente con las grabadoras que utilizaba. Con la sensibilidad del poeta que estetiza la realidad —lo escuchamos decir: importa hasta la forma de tus lentes, las formas que toman las nubes— y el talento y oficio de poder transformar esa sensibilidad en palabras, la película ahonda por estos espacios, sin dejar de tener en cuenta otro componente fundamental en su obra: el verso al servicio de lo social, comprometido políticamente con su tiempo. En palabras del autor: “La realidad le habla a uno con un lenguaje determinado. La vida, la creación, la justicia, la libertad, son los grandes valores que uno defiende. Que uno siente como aquello que debe decir una y otra vez, aunque aburra, aunque hablar del corazón sea tilingo; de todas maneras se trata de eso”. Esa cotidianeidad reflejada en poesía, que nos acerca a espacios íntimos, es puesta en imágenes a través de filmaciones caseras de Zitarrosa, sus amigxs y su familia.

Las imágenes de archivo y el montaje acertado acompañan esas palabras narradas, y viajamos en el tiempo, donde cada exilio —Argentina, España, México, y su regreso al añorado país natal— del cantautor es un capítulo del film. De cada geografía habitada en el destierro, las imágenes nos llevan a revivir cuáles eran los conflictos entre la militancia y los gobiernos de turno en cada uno de aquellos países. El sabor amargo de una historia atravesada por la Historia, como tantas otras que han dejado consecuencias similares a causa de las dictaduras que azotaron a Latinoamérica. En lo que el film devuelve, la experiencia del exilio pero también del desexilio —que, citando a su poeta coterráneo, Mario Benedetti, será un problema casi tan arduo como en su momento lo fue el exilio, y hasta puede que más complejo— encontró desarmado a Zitarrosa, como experiencias que lo atravesaron casi sin retorno.

Ciertos pasajes logran, por medio del montaje, una contraposición entre el plano sonoro y las imágenes de archivo que evocan metáforas visuales. Junto con la filmación del trabajo de investigación archivística del material que salió a la luz, el relato se completa con la voz, los silbidos y la guitarra de Zitarrosa que acompañan, como una canción constante, la narrativa documental. Horas de material grabado en una vieja casetera, poemas inéditos, sus objetos personales, sus guitarras desenfundadas y añejas son la materia prima de la película, que logra un acercamiento íntimo al cantautor uruguayo sin dejar de ser crítico para con aquel personaje al que retrata. Tal vez lo más bello de este retrato es que devuelve una mirada del Zitarrosa humanizado. Sin dejar de otorgarle el reconocimiento que merece, y con la acertada elección de escuchar casi completa solo una de sus más famosas canciones, Adagio en mi país, en los créditos y en las filmaciones del multitudinario concierto que brinda en en el Estadio Centenario, cuando regresa a Montevideo luego de ocho años de exilio. También nos acercamos a un Alfredo Zitarrosa padre, pareja, amigo, acomplejado, melancólico, humano.  Con todas sus complejidades y contradicciones.

 

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