Entrevistas

Diversidad cultural desde adentroEntrevista a Cecilia Kang, directora de "Mi último fracaso". El film compitió en el 18° BAFICI y fue premiada en los festivales de Cine Inusual y Cine Migrante.

«El camino que toda mujer tiene que tomar. A pesar de que tenga su profesión, tiene que tomar ese camino». La madre de Cecilia habla de su otra hija, Catalina, como alumbrando el camino que debe seguir. Sin saberlo, replica los mandatos estructurados por su comunidad: las mujeres deben casarse y tener hijos aunque sea una profesional y tenga otras preocupaciones. Cecilia Kang pondrá en duda estas exigencias familiares y culturales que pesan sobre las mujeres de la comunidad coreana en Argentina con su primer largometraje, Mi último fracaso.

La película presenta tres episodios donde la observación se irá haciendo cada vez más íntima. La cámara seguirá, en primera instancia, a Ran -profesora de arte de Cecilia- para luego ingresar en la casa de la familia de la realizadora y posarse en su hermana mayor, Catalina. En el medio, sus amigas de la colectividad coreana harán de puente entre los otros episodios. El documental no sólo habla de cómo estas mujeres perciben la cultura de la colectividad sino también permite acercarnos a la vida de Cecilia.

La directora es la única de su familia que nació en Argentina. Viajó poco a Corea pero algunos retazos de esa cultura fueron transmitidos por su familia y la colectividad de la que forma parte. Uno de los grandes debates que abre la película es una pregunta sin respuesta: ¿qué es ser coreano habiendo nacido acá? «Esa pregunta me va a llevar toda mi vida responderla o, en realidad, mi vida se va a construir en base a esa incógnita», dice Cecilia Kang.

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Kan, la profesora de arte de Cecilia, abandonó Corea rechazando los mandatos familiares de casarse y tener hijos.

— ¿Por qué decidiste estudiar cine? ¿Influenció tu profesora de arte?
— Sí, sin dudas. Yo estudié dibujo con ella durante toda mi pre-adolescencia y me introdujo en lo que era la plástica, un mundo hermoso. Después, cuando terminaba la secundaria, a mi hermana le diagnosticaron cáncer y eso me marcó muchísimo. Ese momento me cambió la vida. A partir de ahí, me dije que tenía que hacer lo que yo quisiera. En principio quería estudiar artes plásticas pero después, a través de una amiga que había estudiado cine, me recomendó estudiar dirección de arte. La idea me parecía muy copada porque el cine siempre me había gustado; de hecho, el año que mi hermana estuvo enferma, yo me apoyé mucho en el cine, iba sola a ver películas. Arranqué primero estudiando dirección de arte y laburando en esas áreas y, con el tiempo, me metí más de lleno en el cine. Hacía cursos en el SICA (Sindicato de la Industria Cinematográfica Argentina) y justo estaba haciendo un curso de guión –nunca me había imaginado la posibilidad de dirigir- cuando salió un concurso para presentar cortos. Lo seleccionaron y ahí me encuentro por primera vez con la parte de dirección. Después de esa experiencia, que me nutrió mucho, estudié formalmente en la ENERC.

— ¿Hace mucho que venías pensando en una película como esta?
— Sí. Tenía una idea de hacer una película sobre la colectividad coreana desde que empecé a estudiar cine, básicamente. Iba al BAFICI, veía las películas coreanas y no podía creer todas las cosas que había en el país del que eran mis papás. Eso me despertaba el deseo de hacer una película sobre los coreanos de acá. Por otro lado, yo vivía como en dos ámbitos: el argentino y el coreano. Veía como muy normal eso. Pero de repente venía alguien a mi casa, tenían que sacarse los zapatos y se extrañaban. Esas cosas me sorprendían. Por eso me interesaba hacer una película que pudiera hablar de ese aspecto que para mí era conocido pero para el otro no, quería compartirlo con el otro y contarlo desde adentro.

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Cecilia Kang, junto a su hermana, Catalina, en pleno rodaje de “Mi último fracaso”.

— En la película tenemos como tres partes: una primera con tu profesora, la segunda con tus amigas y después con tu hermana. ¿Está pensada en capas que nos van metiendo en círculos cada vez más íntimos de tu vida?
— Sí, totalmente. Me parecía que la forma más honesta de contar estas cuestiones o hablar de esas ambigüedades que se generan por esta dualidad cultural era a través de estas relaciones afectivas que yo tenía. A través de personas que conociese, que ya tuviese un vínculo, que pudieran confiar en mí y yo confiar en ellas. Inevitablemente, eso fue como un embudo que desembocaba en mi familia y en mi hermana. Siempre pensé que ella iba a estar en la película. Tiene una complejidad que refleja un poco toda esta dualidad cultural. Por un lado, está muy afianzada a los mandatos familiares, a la tradición; pero al mismo tiempo, a diferencia quizás de gente de su misma generación, tiene su profesión, es médica. Es dual todo el tiempo.

— ¿Y el mandato familiar es así como se lo ve en la película en la escena de la cocina con tu mamá? ¿Es así en toda la comunidad?
— Sí. Pensemos que es una comunidad que quedó aislada de los tiempos que corren. La colectividad se formó con gente de la edad de mis papás que se tuvieron que ir de su país porque no podían seguir ahí y salieron a buscar mejoras económicas, otras perspectivas de vida. Lo único que pudieron traer de Corea era eso: su cultura, sus raíces, sus tradiciones. Que quizás difieren hoy por hoy con la Corea actual. No es lo mismo Corea del Sur en los ’70 que ahora en el 2017. Es como quizás quedaron tradiciones más conservadores.

— ¿Qué trabas encontraste por tener esta dualidad cultural?
— Más que trabas hablaría de fantasmas, de miedos. De repente vivís en un círculo muy cerrado, que no te das cuenta cuando estás dentro porque internalizás las reglas. De repente te empezás a interesar por cosas que están fuera de esos círculos; obviamente uno empieza a tener miedos, fantasmas de posibles prohibiciones que pueden haber. Lo mismo con las relaciones sentimentales. Los novios, por ejemplo: “como soy hija de coreanos, tengo que salir con un coreano porque si no mis viejos van a dejar de hablarme”. Y muchas de mis amigas tienen esos temores todavía. Algunas se sienten más coreanas que argentinas. Igual, haciendo la peli me sirvió mucho a nivel personal para poder entender esas posiciones. Porque quizás, antes de hacerla, pensaba que esas cuestiones eran como prejuicios, le daba una valoración negativa a eso. Después te das cuenta que no, que son decisiones de vida, cada individuo toma lo que tiene a  su alrededor y lo acomoda para poder ser feliz. Entre eso que toman, algunas se identifican más con lo coreano y está bien.

— ¿Qué tiene más peso dentro de la comunidad? Pienso en la familia, la iglesia…
— La religión era y es fundamental porque funciona como un punto de encuentro. Era la excusa perfecta para que una vez a la semana los coreanos se junten y tengan actividades en comunidad. Por eso capaz son muy importante las iglesias católicas y evangelistas. En las familias de la comunidad coreana de Argentina lo que más pesa es el mandato del matrimonio. Pensemos que es una cultura confusionista muy dura en, por ejemplo, que la mujer debe estar subordinada al hombre. Una mujer puede tener su profesión pero no debe descuidar la casa, los hijos, el matrimonio. Por eso me interesaba tener como una de las protagonistas a mi profesora que en los ’70  escapó de ciertos mandatos, no era una decisión fácil la que tomó en ese momento. Pero logró hacer las cosas que a ella le gustan, encontró su espacio dentro de la comunidad y pudo construir algo distinto a lo que se le quería imponer.

— Y esta dualidad cultural, ¿en qué sentís que te beneficia? ¿Cinematográficamente qué pensás que te aporta?
— Siento que tengo la posibilidad de ver el mundo de formas más diversas. Cinematográficamente nunca me puse a pensar qué me aportaba. Lo que sí me pasa es que tengo más afinidad con los realizadores orientales. Me gusta de todo pero tengo más afinidad hoy por hoy, no sé por qué. Por ejemplo, veía películas coreanas y ya tenía un plus porque entendía el lenguaje y no leía los subtítulos. El año pasado tuve la posibilidad de ver una película hermosa, Mountains May Depart de Jia Zhang Ke, fue como una catarsis. Sentía como una empatía directa en relación a mi propia experiencia como hija de inmigrantes. Y cómo esa historia podía reflejar la historia de mis propios papás.

 

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