Crítica

El acto de evaluarUna observación por distintas facultades de la Universidad de Buenos Aires y la Universidad de San Martín ponen en escena el compromiso de los estudiantes y las responsabilidades de los docentes ante un episodio en común: los finales orales.

Escuadras, reglas, pegamento, planos. Cuatro manos que sostienen y giran un artefacto de madera mientras escuchamos las voces cansadas de dos muchachos que debaten sobre su forma: “¿En qué nos metimos?”, remata uno de ellos, no sin antes soltar una risa nerviosa. Las facultades, ópera prima de Eloísa Solaas, puede ser descripta como una película observacional sobre las instancias de final oral en distintas casas de estudio —y hasta en una cárcel—. Pero dicho así suena a poco. La directora toma una serie de decisiones formales capaces de transmitir las sensaciones que produce la estresante experiencia de rendir un examen final y, así, procura lograr algún punto de identificación con aquellos que hayan atravesado situaciones similares.

“Bueno, a vos te tocó el programa del problema del realismo. ¿Qué es lo que plantea Bazin en ¿Qué es el cine? cuando habla del realismo? ¿Desde dónde lee al realismo?”. La pregunta se interrumpe, la pantalla se pinta de negro y alcanza a leerse el título de la película: Las facultades. Lo que veremos a continuación no es la realidad en sí sino una película que intenta representar algo de ella. En este sentido, la presencia de la actriz y directora, María Alché, estudiando y rindiendo un final como estudiante de Filosofía logra un efecto similar.

En primer lugar, el film de Solaas presenta una estructura clásica con tres grandes actos: la preparación del estudiante, la instancia del examen y la devolución de la libreta con su nota. Todo gira en torno al final y su modalidad oral. A diferencia de algunos films de Frederick Wiseman como At Berkeley y Ex Libris: The New York Public Library donde el director realiza una observación del entramado de relaciones de una institución pública en Estados Unidos, aquí Solaas achica el microcosmos. No hay una intención exhaustiva de captarlo todo sino sólo la instancia de estudio y evaluación. En el primer acto, que también funciona como una introducción de personajes, podremos observar las diferentes formas de estudiar: desde la conversación con un compañero sobre los autores leídos hasta la recorrida por un parque en busca de plantas para describir. Con el correr de la película, el plano sonoro dará cuenta tanto de la especificidad del lenguaje de cada disciplina como de los nervios en el tono de voz.

Estudiante pensando en pleno final oral.

A excepción de la Facultad de Derecho donde el método para evaluar toma la forma de la simulación de un juicio —donde el docente actuará de juez, tres estudiantes de fiscales y otros tres de abogados defensores—, el resto funcionan como una entrevista entre un estudiante y un docente. Esta especie de conversación remite, en su encuadre, a las puestas de Coutinho donde la figura del entrevistador permanece fuera de campo mientras que el entrevistado es protagonista absoluto del plano. En Las facultades no será sólo la presencia de la realizadora la que está fuera de campo sino la de los profesores. Y si en las escenas montadas por Coutinho se destaca la calidez y la cercanía del realizador con sus personajes, aquí la relación es entre profesor y estudiante y las emociones transmitidas son otras, relativas a la situación de evaluación.

No obstante, el gran fuera de campo en la película no son los profesores sino el contexto más general, la Historia, y es allí donde el film cobra relevancia política. Las facultades se estrenó en el 21° BAFICI, durante el cuarto año del macrismo en el poder y luego de un 2018 signado por dos fuertes devaluaciones y una inflación que rozó el 50% anual, lo que hizo que los presupuestos de distintas universidades públicas no alcanzaran para solventarse. Reclamando mejoras salariales para los docentes y en contra de las políticas de ajuste a la ciencia, la educación y la tecnología, varias casas de estudios del país estuvieron tomadas y sus estudiantes y profesores participaron de masivas manifestaciones, alcanzado su clímax en la movilización del 1 de septiembre a Plaza de Mayo. En su elección de observar a estudiantes y docentes de universidades públicas, Las facultades pareciera actuar como una reacción ante las políticas del gobierno actual. Además, al ingresar a las aulas, también puede ser leída como una crítica a la forma de los medios masivos de abordar estos conflictos, que tienden a alejar al público general de los espacios de la educación superior.

Considerando su carácter cinematográfico, Las facultades no puede ser comprendida como un mero registro observacional, sino que construye una serie de sentidos mediante el encuadre. El compromiso de los estudiantes, y su comportamiento nervioso, se vislumbra a través de planos de manos temblorosas o de los rostros que dan cuenta de la preocupación de los estudiantes ante un repentino bloqueo. Además, el fuera de foco que recorta la figura del estudiante y la abstrae de su espacio podría ser equiparada con la visión nublada que tiene el alumno por su cansancio, luego de días de estudio y pocas horas de sueño. La exigencia de los docentes, por su parte, si bien permanecen fuera de campo, se hace visible a través de las preguntas y comentarios que hacen en la instancia evaluatoria.

Ante tales comportamientos de estudiantes y profesores resulta ostensible el compromiso de estos sujetos con la educación pública. No hace falta encuadrar una mampostería resquebrajada para dar con una imagen política que defienda la necesidad de invertir en la educación. Haciendo una observación profunda de las dinámicas al interior de una institución pública, y sin caer en miserabilismos, también se puede llegar a ella. Y Solaas lo logra con creces.

Una facultad pública vista desde afuera.  

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