Crítica

Somos una bandaMarilina Giménez, ex bajista de Yilet, toma la cámara y registra los espacios del under porteño con grupos musicales que tienen mujeres al frente.

Que las mujeres somos menos en los lugares jerárquicos de cualquier ambiente profesional es algo que se sabe. Cuando esto es planteado, algunxs retrucan que hay muchas produciendo y haciendo cosas en todos los espacios. Sin embargo, quienes nos detenemos a pormenorizar y sacar porcentajes para dar cuenta de los cupos de género, meramente cuestiones proporcionales y numéricas, en algunos espacios —en este caso el de la producción audiovisual— sabemos que no es así. Sin ir más lejos, la mayoría de los festivales de cine nacionales e internacionales realizados en la ciudad de Buenos Aires hasta el 2018, en la sección competencias de aquellos films que pueden considerarse cine de lo real contaban con apenas el 30% de directoras mujeres en su haber, incluyendo coautorías. ¿Eso significaría que hay menos mujeres que se dedican al área audiovisual? ¿Ejerciendo rol de directoras? La respuesta es no. Las cifras y las situaciones se repiten con matices en la mayoría de las áreas designadas a la cultura. ¿Y qué acontece en la escena del under musical capitalino? Marilina Giménez se descolgó el bajo y se puso la cámara al hombro para registrar estos espacios. El resultado es Una Banda de Chicas, documental que da cuenta de grupos musicales con mujeres al frente que escapan al mainstream. Quizás, como dice Miss Bolivia —única referencia en la película que se mueve por fuera del circuito under— no es la falta de mujeres, sino dónde ponemos el foco en la narración.

La figura del Rock Star como centro del universo solar por el que alrededor giran otros astros, como metaforiza Paula Maffia al inicio del film, es interesante para entender que el espacio del rock, la noche y el agite ha sido históricamente un lugar dominado por hombres. Sin ir más lejos, Jose Palazzo, productor del Cosquín Rock dijo a comienzos de este año que no hay mujeres en los lineups de festivales porque no hay talentos femeninos. La respuesta desde las agrupaciones de mujeres músicas no tardó en llegar. Y Una Banda de Chicas funciona también como una respuesta sagaz y conclusiva a ridiculizar aquella aseveración de Palazzo. Desde los archivos ochentosos de She Devils hasta Las Kellies, surfeando por Chocolate Remix, Sasha Sathya, Kumbia Queers, Las Taradas, Lucy Patané, Liers, Yilet —donde Marilina era bajista— y su posterior devenir en Ibiza Pareo, son algunas de las bandas —como también muchas otras que quedaron por fuera, como anuncian los créditos al final— que dan cuenta que la escena de la música under femenina es potente y tiene mucho para decir.

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La producción propone una puesta descontracturada que no por ello deja de ser cuidada en su estética, montaje, diseño y registro sonoro. A través de planos donde nos introduce a salas de ensayos, giras europeas y entrevistas donde se reflexiona sobre devenires posibles en torno al lugar de mujeres subiéndose a un escenario, se genera una aproximación íntima a las registradas. Quizás, esta doble faceta de Marilina Giménez de ser música  y que decide realizar un documental del mismo ambiente que caminó, genere esta proximidad. Maternidades en giras, estéticas que se alejan de la heteronormatividad, distintos puntos de vista acerca de lo mainstream, los festivales de mujeres, y la lucha feminista conviven en la película. Si bien los registros de la directora comenzaron tiempo antes de que surgieran las irreversibles convocatorias multitudinarias de Ni Una Menos, y la última curva de la lucha por el aborto legal seguro y gratuito, la película se fue revisitando al calor de este contexto. Vemos algunos planos de las plazas colmadas de mujeres manifestándose y resonando sus voces, que se intercalan con la potencia de los shows en vivo de las protagonistas del film.

Una Banda de Chicas es un documental que propone un ejercicio necesario, visibilizar bandas de mujeres del ambiente porteño. Y también en este ejercicio de visibilizarlas las abraza y las nuclea, filmándolas también en la preocupación del estudio de grabación y proceso de producción de un disco, caminando con guitarras e instrumentos por las calles porteñas saliendo de alguna fecha en Niceto, en San Telmo, el Xirgu, agitando cuerpos con brillos y maquillaje antes de un show, y proponiéndolas como sujetas activas que gozan de esos espacios, zonas que no son equivalentes para hombres que para mujeres y disidencias sexuales, como plantean ellas mismas en sus reflexiones. Quizás uno de los primeros rockumentales argentinos con protagonistas exclusivamente femeninas, nos invita a correr el foco de lo narrativo: si bien los espacios jerárquicos tienen una costosa accesibilidad para nosotras, nuestra fuerza reside en que, desde lo subterráneo, en realidad, somos una banda.

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